Música

canto gregoriano.

Canto litúrgico de origen romano que, implantado en España a finales del siglo XI, vino a sustituir al llamado canto mozárabe.

El repertorio gregoriano como tradición musical pura de la Iglesia de Occidente

La música vocal asociada al culto religioso cristiano de tradición romana, un repertorio musical que en nuestros días se conoce como canto gregoriano, se encuentra hoy considerada como el gran monumento musical de la historia de la Iglesia católica y, en general, de todo el occidente cristiano. Desde los primeros momentos, este repertorio se constituyó como un corpus musical independiente, dotado de unas características definidas que lo diferenciaban de otras tradiciones litúrgicas como la del canto ambrosiano, propio de la Iglesia milanesa, o la del canto mozárabe de la tradición litúrgica hispana. La Iglesia romana lo adoptó y lo cultivó, no solamente como un repertorio litúrgico más o menos convencional, sino incluso como una institución que debía conservarse al margen de todas las influencias exteriores, ya fueran éstas musicales o textuales, que pudieran llegar a "contaminarlo". Probablemente sea esta misma concepción, acerca de la necesaria "pureza" que debía asociarse al canto propio de la Iglesia de Jesucristo, la que dio lugar al hecho de que el canto gregoriano fuese considerado durante muchos siglos como la tradición musical más antigua de la historia del cristianismo. Esta consideración llegó incluso a dar lugar al desprecio de otro repertorio, el que se conoce como canto viejo romano, que probablemente fue, en realidad, el que debieron de practicar los fieles de las primeras comunidades cristianas. Quizá la razón de este desprecio fuera la evidente influencia de la música griega, e incluso de la árabe, que cabe apreciar en los melismas de este repertorio de canto viejo. La Iglesia católica siempre prefirió identificarse con una tradición, la del canto gregoriano, que se presentaba aparentemente libre de estas influencias musicales tan propias de otras tradiciones consideradas "paganas". A pesar de todo, los musicólogos han apreciado dentro del repertorio del canto gregoriano una evidente huella de la tradición musical grecorromana y de la hebrea, las dos consideradas paganas por los cristianos, pero quizá estas influencias no resultan tan obvias como aquellas otras, de procedencia oriental que presentaba el canto viejo.

La sacralización del repertorio gregoriano no sólo incluyó una idealización acerca de sus orígenes, unos orígenes que algunos atribuían incluso al Espíritu Santo, que se lo habría susurrado al oído a San Gregorio, el supuesto fundador, sino que también implicaba la conservación de este repertorio en su forma intacta, ajeno a cualquier corrupción, tanto en lo que se refiere a la forma en que se interpretaba, como al esfuerzo por resguardarlo de la evolución a la que la música, como parte integrante de la cultura de los pueblos, se encuentra sometida por naturaleza. De hecho, incluso después del advenimiento de la polifonía y de su aceptación por parte de la Iglesia como música apropiada para la liturgia, el canto gregoriano o canto llano, aún sobrevivió como un fósil en algunas secciones de la liturgia, o bien sirviendo a los compositores de la nueva música polifónica como fuente donde proveerse de motivos musicales sobre los que componer sus obras. Del repertorio gregoriano proceden, así, muchos de los tenores (líneas musicales básicas sobre las que se compone el entramado de una obra polifónica), que sirvieron como motivo para otras obras compuestas a partir del siglo XIII. De este modo, una melodía originalmente gregoriana asumiría en épocas posteriores la función de sostener (término procedente del verbo latino tenere, de donde también proviene la palabra "tenor") una serie de "contramelodías" que formarían las primeras obras polifónicas.

Muchos siglos antes de ese momento, bajo el papado de Vitalio (657-672), las melodías del repertorio del canto viejo romano comenzaron a ser despojadas de sus exóticos melismas y de unos ornamentos que quizá demostraban demasiado claramente sus orígenes paganos. De ellas se tomó la estructura general como base para componer sobre ellas un nuevo repertorio de apariencia más austera. En todo caso, no cabe entender la configuración del nuevo canto asociado a la liturgia romana sin tener en cuenta el importante papel que los elementos procedentes de la tradición litúrgica de los francos debieron de representar, pues la época en la que se supone que comenzó a configurarse el canto gregoriano coincide con los años en los que el emperador Carlomagno prohibió practicar el canto galicano (ver canto) dentro del territorio que se encontraba bajo su gobierno. Las características de este tipo de canto que se practicaba en el país de los francos fueron asumidas por la música de la Iglesia de Roma. Así pues, el canto galicano contribuiría más que ninguna otra tradición litúrgica cristiana a la formación del nuevo repertorio musical que desde entonces iba a quedar asociado a la historia de la Iglesia.

El papel de San Gregorio en la “creación” del canto gregoriano.

Sin embargo, la tradición medieval siempre atribuyó la creación del canto gregoriano a San Gregorio, que fue Papa de la Iglesia de Roma desde principios del siglo VI. Esta mítica fundación del canto litúrgico puede interpretarse quizá como una simple reorganización del repertorio romano y de la Schola Cantorum. San Gregorio, que debía de conocer la práctica del canto bizantino, desempeñó probablemente una importante función en la configuración del nuevo repertorio musical, si bien hoy en día no se conoce con exactitud cuál pudo ser la naturaleza de esta función. Es posible que fuera él quien ordenó reducir el uso excesivo de melismas dentro del canto del aleluya, iniciando así una práctica de purificación de las formas musicales eclesiásticas. Esta tendencia a la purificación del repertorio musical litúrgico se convertiría en una costumbre recurrente a lo largo de los siglos, cada vez que una forma musical llegaba a un grado tal de evolución y de ornamentación que perdía su función primitiva de poner al creyente en contacto con la divinidad, pasando a atraer la atención de los que la interpretaban o escuchaban sólo sobre sí misma y sobre su exceso de ornamentación. Fuera cual fuera el papel de San Gregorio en la creación de este repertorio, su nombre ha quedado asociado a él para siempre, si bien la denominación de "canto gregoriano" alterna con la de "canto llano", de la que, en general, se considera sinónimo, si bien existen ciertos autores que utilizan el término "canto llano" con un sentido genérico, referido a cualquier clase de canto monódico destinado a ser interpretado durante la liturgia. Desde el punto de vista de estos autores, el canto gregoriano sería solamente una variedad o dialecto dentro del amplio repertorio del canto llano.

Relaciones entre el canto gregoriano y otros repertorios occidentales de canto litúrgico.

A pesar de la historia legendaria que atribuye la creación del repertorio que constituye el corpus del canto gregoriano a la inspiración divina depositada sobre la figura de papa Gregorio el Grande, resulta evidente, al analizar este repertorio, el hecho de que debió de ser compuesto a lo largo de un extenso período de tiempo. Convencionalmente se considera como canto gregoriano aquel repertorio de canto llano compuesto, aproximadamente, a partir del siglo VII, época en la que San Gregorio desempeñó su papado. Lo que no resulta tan claro son los límites entre el repertorio litúrgico considerado como canto viejo romano y el nuevo repertorio gregoriano. Parece posible que esta reforma consistiese tan sólo en la asociación definitiva de ciertos perfiles melódicos más o menos definidos y estables a determinados textos litúrgicos. En todo caso, cualquiera que haya sido el momento de su diferenciación del repertorio antiguo de la Iglesia de Roma y de su constitución como un corpus musical independiente y diferenciado, aún se retrasaría varios siglos la adopción de un nombre definitivo para denominar este tipo de repertorio. De este modo, en los antiguos textos latinos siguen apareciendo durante siglos los nombres de cantinela, cantus ecclesiasticus, carmen gregorianum, etc, todos ellos usados como sinónimos de lo que, ya a partir del siglo XIII, iba a conocerse como musica plana, término que tiene el sentido de "música de ritmo libre”, en oposición a la música medida típica de otras composiciones, como, por ejemplo, las danzas.

Orígenes y distribución geográfica del repertorio gregoriano.

Aproximadamente en el mismo momento en que el repertorio gregoriano adquiría una personalidad definida en torno a la Iglesia de Roma, estaba teniendo lugar en el oriente europeo una reforma del repertorio del canto griego que tuvo como resultado, no sólo la constitución de un repertorio diferente, sino también la reforma del sistema de notación musical dando como resultado un método de escritura capaz de reflejar con más exactitud las inflexiones melódicas de la nueva música. También el nuevo repertorio gregoriano daría lugar en el occidente latino a la consolidación de un nuevo método de escritura musical que diferenciaría definitivamente la notación griega y la romana, tradiciones que en un tiempo habían estado emparentadas. El repertorio que hoy se considera como gregoriano aparece recogido en manuscritos datados en épocas muy tempranas, pero solamente comienza a aparecer en ellos alguna clase de notación musical a partir del los últimos años del siglo IX y, de manera más generalizada, desde el siglo X. En cuanto a la procedencia geográfica, algunos musicólogos piensan que el núcleo de este repertorio fue compuesto en Roma, mientras que otros consideran que la influencia del repertorio galicano tuvo que ser considerable, hasta el punto de que muchas de las composiciones gregorianas serían compuestas en realidad en el país de los francos.

Parece evidente que la reforma de la música eclesiástica llevada a cabo por San Gregorio, cualquiera que fuese el papel que este Papa tuviera en realidad en su creación, dio lugar a un repertorio que iba a gozar de una rápida difusión por toda la Europa católica. Con la excepción de aquellas zonas que aún contaban con un repertorio litúrgico propio, como la Iglesia mozárabe, en España, y la milanesa, donde se seguía desarrollando la liturgia ambrosiana, el canto gregoriano se difundió por todas las Iglesias occidentales, incluidas las de la aislada Inglaterra. Incluso resulta sorprendente la uniformidad con que se transmitió este repertorio, representada en el hecho de que en zonas de Europa muy distanciadas entre sí, como Suiza, Aquitania o las Islas Británicas, se han encontrado manuscritos que contienen transcripciones de melodías que coinciden de manera casi exacta o, al menos, muy aproximada. San Agustín de Kent, el primer arzobispo de Canterbury, llevó la liturgia romana a Inglaterra ya en el siglo VII. En los siglos posteriores, Inglaterra daría también a Europa figuras tan importantes para la difusión y revitalización del canto llano como San Bonifacio o Alcuino, el consejero del emperador Carlomagno. En los países de habla alemana, existieron dos centros principales encargados de cultivar y de mantener la pureza del repertorio gregoriano: el monasterio de Reichenau y el de Saint Gall. Sin embargo, el canto gregoriano cultivado en el territorio germano presenta ciertas características que lo diferencian del que se interpretaba en otras áreas de tradición latina. La principal de estas características es la sustitución frecuente del intervalo de tercera por el de segunda, lo que proporciona a las melodías una sonoridad particular. En cuanto al territorio latino de la Galia, ya desde épocas anteriores al imperio de Carlomagno, los gobernantes francos habían actuado como entusiastas cultivadores de los modos litúrgicos romanos, lo que incluye también a su música. Desde Roma se enviaron libros de canto litúrgico a varias generaciones de monarcas francos: Pepino, padre de Carlomagno, al mismo emperador Carlomagno y a su sucesor Luis el Pío. Pero fue durante el imperio de Carlomagno cuando, en parte gracias a la influencia del consejero del emperador, Alcuino, el canto gregoriano terminó por imponerse definitivamente, tras la prohibición imperial de interpretar los cantos asociados a la liturgia galicana. Este repertorio de canto galicano sobreviviría, sin embargo, incorporado al tronco del canto romano, con lo que las dos tradiciones terminarían dando lugar al repertorio que hoy se considera como canto gregoriano clásico, y que sería aquel que, ya desde principios del siglo XIX recuperaran y restauraran los monjes de la Abadía Francesa de Solesmes.

La notación musical gregoriana.

Desde los comienzos de la configuración de un repertorio de música litúrgica estable bajo el imperio de la Iglesia de Roma, se puso de manifiesto la pretensión de que dicho repertorio llegara en su forma intacta y en toda su pureza hasta los confines del territorio donde se practicaba la religión cristiana. Así como en cualquier otra manifestación musical de la Edad Media, la tradición oral resultó un factor primordial en lo que se refiere a la conservación y transmisión de este repertorio,sin embargo, una melodía confiada exclusivamente a la memoria y a la repetición tiende a sufrir variaciones que la van alejando progresivamente de su forma original. Con el objetivo de evitar esta clase de deformaciones, se ideó un sistema de notación musical que pudiera reflejar con toda la exactitud posible las características del repertorio gregoriano. Este sistema de notación musical no se constituyó de forma completa desde un primer momento, sino que, partiendo de una base que lo emparenta con la escritura musical griega, fue perfeccionándose poco a poco hasta convertirse en un sistema capaz de reproducir las inflexiones características de las melodías gregorianas. Este sistema sería adoptado después por los músicos profanos para la transcripción de otros tipos de música. El sistema de notación musical gregoriana se conoce también como notación neumática, debido a que utiliza unas figuras llamadas neumas para representar los sonidos. Se cree que los neumas latinos pudieron tener como antecedente más inmediato otro tipo de signos bizantinos o hebreos. Otra teoría indica que posiblemente derivaran de una especie de notación rudimentaria basada en los signos que describían con sus manos los maestros de coro para indicar las elevaciones o los descensos de la melodía. En principio se supone que los cantores conocerían de memoria las melodías que habían de interpretar y que estos signos anotados sobre el papel les servirían de ayuda mnemotécnica. Con el tiempo estos signos se irían convirtiendo en una especie de gramática y tenderían a definirse y a especializarse cada vez más, dando lugar al sistema de los neumas. Se cree que la notación latina ya se encontraba plenamente desarrollada alrededor del siglo IX, pero incluso se conservan fragmentos de pergaminos copiados en el siglo VIII que muestran también algunas manifestaciones de esta escritura neumática. En realidad, incluso bajo el papado de Gregorio el Grande debió de existir alguna forma de notación más o menos desarrollada, porque no hubiera sido posible la transmisión del repertorio musical gregoriano de una manera tan fiel como se llevó a cabo sin la ayuda de alguna clase de notación musical, por rudimentaria que ésta fuera.

El repertorio gregoriano y su transmisión a través de los siglos.

Durante muchos siglos, la Iglesia de Roma consideró prácticamente un deber sagrado el conservar el repertorio gregoriano manteniendo intactas la pureza de sus formas y de su estilo, así como la adaptación de cada canto en particular al momento del culto litúrgico para el que había sido compuesto. Este interés se manifestó de una manera particular hasta el advenimiento de los diversos intentos reformistas de la religión cristiana que surgieron en distintas zonas de Europa alrededor del siglo XVI, y que llevaron aparejadas, no solamente grandes diferencias en la comprensión de la liturgia cristiana, sino también otras formas de llevar a cabo la celebración del culto litúrgico, lo que incluía la música. El canto gregoriano había sobrevivido al advenimiento de la polifonía y su inclusión en la liturgia, ya desde épocas tan tempranas como los siglos IX o X, pero desde el triunfo de los movimientos reformistas del siglo XVI, con su música compuesta en las lenguas nacionales de los diferentes países, y la consiguiente reacción contrarreformista católica, que procuró también, de alguna manera, adaptar su culto litúrgico a los nuevos tiempos, el gregoriano iba a quedar recluido a los únicos centros donde el culto religioso seguía realizándose de un modo muy similar a como se llevaba a cabo en la Edad Media: los monasterios.

La liturgia cristiana se divide en diversas ocasiones de culto que tienen lugar a lo largo del día: la misa y las horas del servicio divino. El repertorio gregoriano preveía la entonación de unos cantos diferentes en cada una de estas ocasiones. Así como los textos relacionados con la celebración de la misa se recogen en el misal y los que se pronuncian en cada una de las horas canónicas, en el breviario, también las melodías gregorianas propias de la misa se encuentran en el gradual, mientras que las que se entonan en los servicios de horas se recogen en los antifonarios. Desde los tiempos de la liturgia gregoriana los cantos asociados a la misa han sido cinco: el Kyrie, el Gloria, el Credo, el Sanctus (que incluye el Benedictus), y el Agnus Dei. Además del Gradual y del Antifonario, existen otros repertorios de cantos litúrgicos, como el Kyriale o el Vesperale. El Officium Maioris Hebdomadae incluye el servicio litúrgico de la Semana Santa. Algunas celebraciones que solamente tienen lugar con motivo de acontecimientos especiales, como la misa de Réquiem, se caracterizan también por llevar asociado un repertorio de canto gregoriano diferente del ordinario. En general, la estructura del canto asociado a la celebración de la liturgia se ha conservado a lo largo de los siglos sin adiciones o cambios importantes. Esta estructura, originalmente gregoriana, fue heredada después por otros tipos de música polifónica igualmente asociados al culto. La principal fuente de conocimiento que hoy se posee son los diversos tomos que componen una colección de facsímiles conocida como Paleographia Musical.

La recuperación de la tradición gregoriana del monasterio de Solesmes.

A pesar de que el canto de tradición gregoriana no parece haber llegado nunca a morir en los monasterios, ya desde el siglo XVII, tanto el repertorio como la tradición interpretativa se encontraban tan devaluados que se hizo necesario un intento de volver a las fuentes originales con la intención de purificar aquella tradición musical que se consideraba como la más característica del cristianismo. Sin embargo, los primeros esfuerzos de restauración no dieron un resultado que hoy pueda considerarse como satisfactorio, pues aquellos que los emprendieron no contaban, ni con las fuentes documentales suficientes, ni tampoco con bastantes conocimientos musicales como para interpretar los manuscritos. Fue necesario esperar al siglo XIX para que comenzara en el monasterio francés de Solesmes una auténtica labor de recuperación del repertorio gregoriano medieval, así como un trabajo de interpretación de los manuscritos musicales gregorianos. En Solesmes trabajaron desde el siglo XIX varias generaciones de monjes. Sus trabajos pueden dividirse en varios períodos que se caracterizaron por el hecho de que en cada uno de ellos se insistió en un aspecto particular en lo que se refiere al espíritu con el que se llevaron a cabo los trabajos. Estos períodos son el de dom Prosper Guéranger (1805-1975), quien se basó en sus estudios litúrgicos para proponer la tarea de comenzar la recuperación de las músicas gregorianas litúrgicas y llevar a cabo una nueva edición de estas melodías, que durante años habían permanecido ocultas o malinterpretadas; la segunda generación de monjes dedicados a estas tareas es la de dom Joseph Pothier (1853-1923), quien, tras haber colaborado con Guéranger en sus trabajos, continuó su labor ocupándose principalmente de la restauración de los perfiles melódicos que no siempre aparecían esbozados con claridad en los manuscritos gregorianos: a la generación de dom Joseph Pothier sucedió la de dom André Mocquereau (1849-1930), que había sido alumno del anterior y que llevó a cabo sus trabajos con el propósito imposible de restaurar una noción de ritmo adecuada para la interpretación del canto gregoriano. Los estudios e intentos de restauración llevados a cabo en la abadía de Solesmes quizá resultaron muy novedosos en su día, en comparación con el enorme desconocimiento que existía en la época acerca de la música litúrgica medieval, pero hoy en día son muchos los musicólogos e intérpretes especializados en el repertorio medieval, que opinan que estos estudios llevados a cabo por los monjes se encuentran obsoletos. Esto se debe a que los monjes parecen haberse preocupado más por aplicar a sus métodos de trabajo la idea de reconstruir, o quizá podría decirse mejor "reinventar", una música litúrgica con pretensiones de "pureza", que de aplicar un auténtico criterio científico e histórico. Este punto de vista, más guiado por el espíritu religioso que por el auténtico conocimiento musicológico, ha dado como resultado la elaboración y edición de un repertorio litúrgico desprovisto de muchas de las características que debieron de encontrarse presentes en el canto gregoriano medieval, como una más que probable ornamentación de las melodías a base de melismas procedentes de la tradición del canto viejo romano. Por otra parte, la falta de un conocimiento profundo de la notación en que se encontraban escritas las melodías gregorianas dio lugar al intento, por parte de los estudiosos de Solesmes, de incorporar a sus interpretaciones y ediciones conceptos como el ritmo, que, o bien debieron de encontrarse muy ajenos a ella, o bien resultan hoy en día ininteligibles, pues la notación neumática (elaborada a base de unas figuras llamadas neumas) no refleja ninguna noción de ritmo, sino tan sólo la mayor o menor altura de las notas, es decir, el perfil melódico. En resumen, puede decirse que, si bien los trabajos llevados a cabo por los monjes de abadías como Solesmes resultaron una novedad y constituyeron, además, una de las primeras muestras de interés por la música medieval, hoy en día no pueden considerarse tan indiscutibles como se los consideró durante largo tiempo. Tampoco las interpretaciones del repertorio gregoriano que hoy en día realizan los monjes de diversos monasterios, como los mismos de Solesmes o los de Santo Domingo de Silos, en España, responden al necesario requisito de la historicidad. Las comunidades de monjes que hoy en día habitan estos monasterios no son ya propietarias de una tradición de interpretación musical que, al haberse visto interrumpida durante prolongados períodos, tuvo que perder, necesariamente, una buena parte de su autenticidad. La mayoría de los monjes que integran estas comunidades son, además, absolutamente ignorantes de la disciplina del canto. Sus conocimientos musicales no incluyen, desde luego, el de la notación medieval, así que, al no contar tampoco con el apoyo de toda una tradición de canto gregoriano, como la que sí tenían los monjes medievales, se ven obligados a recurrir a transcripciones en notación moderna que no resultan del todo fiables, al menos si se pretende seguir un criterio histórico en la interpretación de la música. Como alternativa a este tipo de interpretaciones monásticas, algunos grupos de intérpretes especialistas en el repertorio medieval llevan a cabo hoy en día la tarea de reconstruir y grabar diversas obras de canto litúrgico que, si bien no pueden considerarse como indiscutibles, sí pretenden mantener tanta fidelidad a las fuentes documentales medievales y a los criterios históricos como sea posible.

Clasificación del repertorio gregoriano.

Tradicionalmente se ha dividido el repertorio de composiciones que componen el corpus de Canto Gregoriano en un primer período, conocido como Edad de Oro y otro posterior, la Edad de Plata. La música compuesta en la Edad de Oro se considera anónima, una vez descartado el que el papa Gregorio el Grande pudiera actuar como algo más que como un "compilador" o "editor" de una serie de composiciones litúrgicas que, ya para el momento en que desarrolló su labor, debían de llevar un largo tiempo interpretándose como parte del culto. Por el contrario, sí se conocen los nombres de los autores de una larga serie de tratados medievales que se ocupan de la música, bien exclusivamente o bien como parte de algún otro asunto. Algunos de estos tratados fueron elaborados ya en fechas tan tempranas como el siglo VI. Boecio (ca. 480-542), filósofo y matemático, se ocupó de la música en su obra en cinco volúmenes titulada De institutione musica, la más extensa obra latina escrita sobre esta materia. Los escritos de este filósofo constituyen el puente entre la teoría musical del mundo clásico y las composiciones, tanto profanas como litúrgicas elaboradas a partir de la Edad Media en el Occidente cristiano. Sus escritos circularon en forma manuscrita a lo largo de los siglos, lo que da una idea de su popularidad en los tiempos anteriores a la creación de la imprenta.

Instrumentos asociados a la interpretación del repertorio musical gregoriano.

Como en otros muchos aspectos relacionados con el repertorio y la interpretación de la música medieval en general, y del canto gregoriano en particular, hoy en día no contamos con datos lo suficientemente fiables acerca de si se utilizaron o no instrumentos para acompañar la música litúrgica y, en caso de que así fuera, qué características tenían y en qué circunstancias se utilizaban. Sin embargo, aunque las transcripciones de canto gregoriano no indican qué instrumentos pudieron utilizarse en cada caso, algunos documentos de la época sí proporcionan noticias que permiten deducir que éstos debieron de acompañar, al menos en algunas ocasiones, el repertorio de los cantos litúrgicos. En general puede aplicarse a la utilización de instrumentos como acompañamiento para el canto gregoriano el mismo criterio de disponibilidad que rige para todo el repertorio medieval: se utilizarían los instrumentos que se encontraran disponibles en cada momento y en cada lugar. La interpretación de una determinada obra puede entenderse como igualmente perfecta y adecuada a un criterio histórico ya se interprete acompañada de instrumentos como a capella.

El instrumento musical más claramente asociado a la interpretación del canto gregoriano parece haber sido el órgano. Las primeras versiones de este instrumento de viento son, claro está, mucho menos sofisticadas que los grandes órganos que en los siglos posteriores comenzarían a instalarse en las iglesias y que, ya desde los tiempos en que comenzó a florecer el repertorio musical gregoriano, se encontrarían permanentemente asociados a la música litúrgica. Existen diversos relatos acerca de la posibilidad de que se utilizaran órganos neumáticos para mejorar el canto de los fieles en las iglesias ya desde el siglo VII, si bien este dato no puede afirmarse con seguridad. Otra leyenda afirma que Harun-al-Rashid había ofrecido un órgano como regalo para el emperador Carlomagno ya a principios de este mismo siglo. En el siglo IX, las técnicas de construcción de órganos parecían haber alcanzado un cierto nivel de desarrollo en diversos lugares de Alemania. Del siglo X ha llegado incluso hasta nuestros días un pequeño tratado en el que se encuentra recogida alguna información sobre las medidas de los tubos de órgano, así como también sobre algunas otras características de este instrumento. En la Inglaterra de finales del siglo X, San Dunstan fomentó la instalación de diversos órganos. De este santo se cuenta que era capaz de tocar, no solamente el órgano, sino también el salterio, el arpa y el carillón. Incluso llegó a atribuírsele el nombre de "brujo" por haber construido un "arpa eólica", que producía su música accionada por el viento cuando se la colocaba contra una rendija de una pared. Aparte de estas leyendas, lo que sí es cierto es que en Winchester se construyó un órgano de proporciones considerables a mediados de siglo, hacia el año 950: según las descripciones de la época, parece ser que contaba con veintiséis fuelles y cuatrocientos tubos. En cuanto a otros instrumentos mencionados en documentos de la época o representados en forma gráfica, como la lira, la cítara o el psalterio, parece que su uso estuvo más relacionado con la interpretación de la música profana que con el repertorio litúrgico. Sin embargo, en ocasiones estos instrumentos se mencionan o se representan gráficamente en un contexto religioso. Esta mención no debe interpretarse necesariamente como asociada a la interpretación musical, sino, más bien, con una intención simbólica, pues a veces se relacionaba un determinado instrumento con una figura religiosa, como en el caso de la asociación de la figura de Cristo con el psalterio.

Bibliografía

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Lucía Díaz Marroquín.

Autor

  • LDM