DiccionarioArquitecturaArtes industriales

catafalco.

{m.} | catafalque

(Del it. catafalco, 'túmulo solemne'); sust. m.

1. Armazón de madera destinado a sostener un ataúd, cubierto de paños negros y adornado con boato, solemnidad y magnificencia, que suele ponerse en los templos para las exequias de personajes ilustres: Cervantes dedicó un soneto burlesco al catafalco de Felipe II.

Sinónimos
Túmulo.

Definición e introducción

El catafalco es una estructura temporal decorativa, realizada para la celebración de funerales o exequias, es decir celebraciones fúnebres, construida en madera, cañamazo y estuco, imitando una estructura sólida, vestida de paños fúnebres y adornada de otras insignias de luto y tristeza. Se proyecta para que sirva para la colocación de un féretro o ataúd, suponiéndole presente, ya que en la mayor parte de estas celebraciones, el ataúd solo se presuponía.

Para las exequias y las honras fúnebres, desde el siglo XVI se fue imponiendo la costumbre de levantar arquitecturas efímeras de tipología variada, los catafalcos, que en el caso de la muerte de un monarca se hacían enormes. Su denominación más común es la de túmulos o catafalcos, aunque también fueron denominados capelardentes, piras, mausoleos o más curiosamente máquina; todas estas denominaciones son sinónimas, aunque parece que existe una sutil diferencia. Los capelardentes se refieren más a un simple andamiaje de madera en el que a lo largo de la época medieval se exponía el féretro, tenía forma de pequeño templo. Mientras que los catafalcos expresan mejor la idea de una gran arquitectura efímera construida específicamente para una celebración fúnebre, en la que se desarrolla también una importante decoración mortuoria en toda la iglesia. Frente a ello la palabra túmulo se ajusta más específicamente a la estructura sobre la que deposita, directamente, el féretro, que suele tener forma de pirámide truncada.

Los catafalcos, por ser arquitecturas efímeras, es decir, estar realizados en materiales perecederos, como por ejemplo la madera o las telas, y por ser elementos que se montaban para celebraciones muy definidas y luego se desmontaban y desaparecían como tales, no se han conservado; actualmente solo se encuentra, y en muy escasas circunstancias los tapices, alfombras, reposteros o telas mortuorias con las que se revestía el catafalco, difícilmente se conserva su estructura de madera. Sin embargo, el conocimiento de la disposición de estas arquitecturas efímeras, y el conocimiento de cuando y como se utilizaban, a pervivido gracias a las denominadas Relaciones, es decir unos pequeños panfletos impresos donde, sobre todo a partir del siglo XV, se van a propagar los episodios más significativos y resonantes de la vida del monarca y, como emulación a la monarquía, también los episodios de la vida de la más alta aristocracia, como viajes, entradas triunfales en ciudades o villas, bodas, nacimientos, funerales, etc. Las Relaciones se van a convertir en auténticas crónicas donde no solo se narran estos acontecimientos sino que también se van a describir, en algunos casos muy pormenorizadamente, las decoraciones efímeras que se realizan para cada ocasión, en el caso de las entradas a las ciudades o villas narraran los arcos triunfales construidos, la decoración de las calles, etc.; en el caso de los funerales describirán los catafalcos levantados en honor del difunto, etc. Pero no solamente gracias a las descripciones contenidas en la Relaciones conocemos estos artilugios, sino que en algunos casos, sobre todo en los catafalcos erigidos en honor de los reyes, se realizaron algunos grabados y estampas de los mismos.

Pero estos elementos, los túmulos o catafalcos, no se pueden analizar de forma aislada, ya que formaron parte de un complejo programa protocolario, ceremonial y litúrgico, que requería una organización precisa y que se desarrollaba en el interior de un templo. En la escenográfica sociedad de renacentista y sobre todo en la barroca, todos los acontecimientos de trascendencia se celebraban mediante el desarrollo de una compleja ceremonia, y requerían una decoración específica que facilitase el cumplimiento de esta ceremonia; en el caso del protocolo real, esta decoración favorecía el cumplimiento de las etiquetas, es decir las normas reguladoras del transcurso de una ceremonia. Por supuesto, las exequias y los funerales formaban parte de los acontecimientos de trascendencia y por tanto tenían un reglamento ceremonial y una decoración específica dentro de la cual se encuentra, como el elemento más destacado, el catafalco.

El esplendor de los túmulos o catafalcos como estructuras arquitectónicas, coincide con el auge y el apogeo del gusto por la ceremonia y con la fijación de las normas reguladoras de la misma. El catafalco, como elemento ceremonial empieza a perder sentido y desaparecer cuando la ceremonia se va descomponiendo carente de sentido tras el abandono de la cultura barroca y la implantación de una mentalidad ilustrada.

Evolución histórica del catafalco.

Resulta complejo el análisis de esta estructura efímera ya que su estudio se entrecruza continuamente con las referencias de una evolución histórica de la ceremonia fúnebre fuera de la cual el catafalco pierde todo sentido.

Parece que la primera estructura realizada en la celebración de un funeral se puede remontar al siglo XII cuando se construye el denominado castrum doloris, una estructura para luces con cuatro soportes en los ángulos que sostiene una cobertura o techo realzado. Esta estructura se recoge en el cuadro de Jan Van Eyck, Tres Belles Heures, en el que un andamiaje similar recubre por completo a un difunto. Sin embargo, es en el siglo XIII, el momento en el que se produce la transformación de los ritos post-mortem del occidente cristiano, cuando el cuerpo muerto fue objeto de una repugnancia tan fuerte que se inventó la ocultación del cadáver por medio de la caja o ataúd. Algunos autores sitúan la aparición del ataúd en la primera Edad Media. Este ataúd, cuando se trataba de difuntos de alta dignidad, como reyes, altos eclesiásticos y aristócratas, no parecía suficiente para presentar al difunto con la dignidad y el decoro debido a estas personalidades, por tanto este ataúd fue cubierto con un tejido o palium, que lentamente se irá transformando en un baldaquino o palio. A esta primera cubrición, desde el siglo XIII, se le añadió un estrado, de dimensiones en principio modestas, pero que superan las del ataúd que es colocado sobre él, adquiriendo una imagen de mayor dignidad. La evolución de este decorado, inventado para ocultar la desnudez del cadáver, resulta realmente sorprendente ya que llegó a convertirse en un auténtico monumento de arquitectura efímera, el catafalco, realizado por los más prestigiosos arquitectos y donde se plasmaron algunas de las reformas estilísticas más novedosas de cada época.

En su evolución, a principios del siglo XVI este andamiaje medieval se formalizó en un baldaquino.

El Baldaquino

El baldaquino como estructura decorativa había surgido en los primeros momentos del cristianismo, aunque era una forma conocida desde épocas remotas, y que había estado muy ligada a los rituales fúnebres. Por ejemplo durante los siglos IV y V se colocaron los denominados ciboria sobre los altares de las iglesias y sobre las criptas, estos ciborio, al igual que el baldaquino, se componían mediante un paño convenientemente estirado en sentido horizontal, con el que se cubría por completo la tumba o el altar sobre el que se celebraba la ceremonia. El ciborio y el baldaquino se contaminaron y tendieron a confundirse, puesto que la ceremonia de consagración en la que se utilizaba el ciborio fue, en origen, una ceremonia funeraria, ya que el altar se levantaba sobre el sepulcro de los mártires.

El baldaquino, se convierte en la primera estructura utilizada en los funerales y las exequias. El baldaquino fue ante todo un símbolo de dignidad, que acompañó a reyes, a pontífices y a grandes personajes, durante cualquier ceremonia, ya fueran las entradas en la ciudades o cualquier otra celebración. Por tanto es fácil comprender que además de su componente fúnebre inicial, el baldaquino fuera el elemento que acompañara el cadáver de cualquier alto dignatario en su exposición pública.

En el velatorio que se realiza al cadáver, todavía en la residencia del difunto, el ataúd se exponía bajo un baldaquino y normalmente sobre un entarimado un tanto elevado. Con el tiempo el baldaquino, no solo fue una simple estructura, sino que en el desarrollo artístico que presentan los catafalcos desde el siglo XVI, el baldaquino se convirtió en un fórmula arquitectónica que no deja de utilizarse en los catafalcos de las exequias hasta muy entrado el siglo XVIII.

También de esta primera estructura decorativa, surge otro elemento fundamental en lo que será el desarrollo del catafalco, como es el graderío de madera que sostiene el ataúd, de carácter ascensional, y con forma piramidal, ya que posteriormente será uno de los rasgos más destacados de los túmulos y catafalcos levantados en las iglesias.

El Catafalco

Por lo general, el monumento efímero o catafalco, se sitúa y ocupa casi todo el centro del crucero de la iglesia donde se van a celebrar las honras por el difunto, alzándose hasta el techo del cimborrio, aunque no podemos olvidar que en el desarrollo del cortejo fúnebre, principalmente en los cortejos fúnebres de los reyes, se erigieron catafalcos en las calles, como lugares de parada de este cortejo.

La transformación que se produce en el siglo XVI en las estructuras funerarias medievales para convertirse en verdaderas obras de arquitectura, aunque sea efímera, se desarrolla, como todo el cambio hacia la nueva arquitectura renacentista, en Italia. Este país fue el impulsor del desarrollo de la estructura fúnebre, presentando nuevos modelos y nuevas formula que lentamente fueron desplazando a las más simples formulas medievales. En Italia se desarrollo el catafalco con estructura de templete, de planta circular y rodeado por columnas clásicas, al estilo del templete de San Pietro in Montorio de Bramante; también se desarrollaron los catafalcos-baldaquinos, con arquitecturas clásicas, pero sin presentar una estructura ascensional.

Pese a todo el proceso de desarrollo del catafalco, en el que se incorporan las nuevas arquitecturas, a lo largo del mismo y hasta el finales siglo XVIII, cuando desaparece este elemento, se mantuvieron formas retardatarias, sobre todo en los individuos de las clases no aristocráticas, que emulaban la magnificencia de la más alta nobleza. Estas formas antiguas se van a centrar en el desarrollo de estructuras funerarias medievales, o la repetición de modelos de catafalcos emulando los construidos por los grandes arquitectos. Hay que tener en cuenta, que al tratarse de estructuras efímeras, solo se tiene un conocimiento parcial de este elemento, el conocimiento que proporcionan la Relaciones y la documentación de archivo, lo que no quiere decir que los catafalcos se construyeran exclusivamente cuando se dejaba constancia de la celebración, es más lógico suponer que se construyeron siempre que el difunto pudo costearse una ceremonia fúnebre.

El catafalco en España

Como ruptura con las tradiciones medievales podemos situar los catafalcos proyectados por Pedro Machuca en Granada; el catafalco para la emperatriz Isabel en 1539 y los realizados para recibir los restos de la princesa María y los Infantes Juan y Fernando, en 1549. En ellos Machuca, además realizar una perfecta y entera decoración funeraria de la iglesia, introduciendo el catafalco en el marco que le es propio, desarrolla una estructura de baldaquino, donde las columnas responden a los ordenes clásicos, y cada elemento es utilizado, incluidos estos ordenes, como si se tratara de la construcción de una auténtico edificio. Con Machuca, el catafalco español deja de ser una simple estructura de madera, más o menos compleja, para convertirse en una estructura arquitectónica de primera magnitud.

En 1558, muere Carlos V, el Emperador, en Yuste, y muchas ciudades europeas celebran exequias por su alma, entre ellas se tiene constancia de las celebradas en Bruselas, en Valladolid y en México. En estas dos ultimas ciudades se erigieron catafalcos de gran novedad, introduciéndose la superposición decreciente de varios cuerpos de arquitectura, apartándose del único cuerpo propio del baldaquino, modelo que se mantendrá con gran éxito en Italia, sobre todo en el ámbito florentino.

Básicamente, el catafalco hispano típico adquiere una estructura ascensional, de abajo arriba, se divide necesariamente en varios cuerpos dispuestos según un esquema ascendente, acentuado a menudo por su forma piramidal. Cada cuerpo carga sobre el siguiente apoyado en una serie de arcos y columnas, hasta culminar en el remate final. Todos los cuerpos descansan sobre una serie de gradas. Por último, la obra se ampara bajo un dosel que pende del techo de la bóveda. Este alzado piramidal es la hechura funeraria por excelencia.

La construcción de estas arquitecturas se fue complicando poco a poco, sobre todo a raíz de los algunos funerales realizados en memoria de Felipe II, y de los catafalcos erigidos en ellos. El catafalco de gran desarrollo se impone como un elemento absolutamente necesario en el desarrollo de la celebración fúnebre. Además en los catafalcos alzados en honor de Felipe II, se introdujo una novedad sobre la estructura de catafalco hispano típico, la introducción de plantas circulares o cruciformes en el primer cuerpo de la estructura, lo que permitía un mayor desarrollo de las columnas y una articulación diferente para los cuerpos ascendentes. A partir de aquí se estableció la costumbre de erigir corpulentas moles en la celebraciones fúnebres, ya siguiendo el prototipo del baldaquino, la ascensional de varios cuerpos con superposición de distintos órdenes de arquitectura, o la más italiana de templete.

En los catafalcos reales levantados en las diferentes ciudades de la monarquía trabajaron los más importantes arquitectos; muy admirados fueron los catafalcos levantados por Francisco de Mora para la archiduquesa Isabel en Valladolid; El Greco en la ciudad de Toledo para las exequias de Margarita de Austria en 1612; Juan Gómez de Mora para las honras de Felipe III en Madrid, en el año 1621; Sebastián Herrera Barnuevo para Felipe IV, en 1665; José de Churriguera en 1689 para las exequias de la primera mujer de Carlos II. Este último catafalco marca una ruptura con respecto a los realizados anteriormente, se desarrolla una estructura de templete ascensional, cargado de imaginación y decoración, y a partir de él se desarrollan una serie de magníficos catafalcos que seguirán sus pautas estilísticas.

Los resortes de la cultura barroca perduraron durante buena parte del siglo XVIII y siglo XIX. Las ceremonias fúnebres van desapareciendo muy lentamente, desde mediados del siglo XVIII y a lo largo de todo el siglo XIX. Por ejemplo el libro de honras se mantienen, con la misma forma y estructura durante la primera mitad del siglo XVIII, aunque a mediados del siglo XVIII la importancia de estos libros empieza a decaer paulatinamente. Pero se mantiene en ceremonias locales o provincianas, en donde las nuevas ideas ilustradas tardaron más en llegar. En el siglo XIX desaparecen las Relaciones, pero las ceremonias son narradas con gran detalle en periódicos provinciales.

El mantenimiento de las fórmulas arquitectónicas y decorativas en los catafalcos reales, así como el aprovechamiento de piezas y materiales es un hecho perfectamente estudiado, y que indudablemente puede ser trasladado a toda la práctica de levantar monumentos efímeros. El catafalco como tal, es decir su estructura de madera, es la que se mantiene en el tiempo; sino la presencia del elemento, su colocación, su ornamentación y seguramente su estructura; es muy posible que de él se guardara, exclusivamente, las piezas que podían, de alguna forma, utilizarse posteriormente, mientras que todo lo demás se deshacía y desaparecía.

Esta costumbre se mantendrá durante los siglos en los que las realizaciones efímeras eran casi consustanciales a la ceremonia, pero cuando este tipo de obras desaparece del ceremonial, es cuando el catafalco por su carácter efímero desaparece, casi sin dejar huella material.

La ceremonia fúnebre

Durante todo el renacimiento y el barroco se desarrollo un fenómeno que hoy está en vías de extinción, e incluso nos resulta difícil de entender, lo que se llamó la pompa fúnebre, es decir, la celebración de la muerte. La sociedad del Antiguo Régimen enalteció hasta sus máximas consecuencias la idea de la muerte, desarrollando entorno a esta idea un arte propio, dentro del cual se enmarcan la celebraciones fúnebres, propias de una cultura esencialmente ceremoniosa y esferográfica, y desde luego sus arquitecturas efímeras, los catafalcos. Exequias, honras y funeral son voces sinónimas y designan todo el ritual eclesiástico que se desarrolla en un ceremonia fúnebre, que incluye desde el séquito que acompaña al cadáver hasta el enterramiento y las misas conmemorativas posteriores.

El funeral es la ceremonia en la que se entierra el cadáver, mientras que las honras o exequias es aquella ceremonia para recordar al difunto, una vez que está enterrado. El marco en que se desarrollaban estas ceremonias era efímero, es decir todo se construía exclusivamente para la ceremonia, nada debía permanecer tras ella. Se trataba de crear decorados, marcos adecuados, para el desarrollo de esta ceremonia.

De ellas indudablemente fueron las exequias por la muerte de los monarcas, en los diferentes reinos católicos de Europa, y las esquías por la muerte de Papas, cardenales, y altos prelados de la Iglesia, las que mayor esplendor desarrollaron y las que quedaron constancia a través del a Relaciones. Pero el oficio de difuntos era un acto litúrgico que se remonta a un periodo anterior y desde la Edad Media actos de este tipo fueron esplendorosos cuando se trataba de conmemorar a reyes o Papas. Sin embargo es a partir del renacimiento cuando estas celebraciones adquieran una mayor desarrollo y esto es debido al propio cambio en la idea de la muerte.

La muerte en el Renacimiento

Con el Humanismo, se transformó la idea que acerca de la muerte se había tenido a lo largo de toda la Edad Media; la memoria del hombre no tenía por qué desaparecer con ella, siendo ahora capaz de alcanzar la inmortalidad, superar y vencer a la propia muerte, a través de la fama de sus obras materiales. Esta noción que provenía de la antigüedad clásica, fue retomada por los humanistas que la situaron en medio de su saber filosófico; de esta forma, la fama se convirtió en uno de los elementos más importantes de la nueva concepción de la muerte ya que, con ella, se conseguía perpetuar la memoria del difunto. Este nuevo sentido tendrá un claro reflejo en los enterramientos y en todo lo relacionado con ellos, vinculando la última morada del difunto con obras que acreditaban su fama inmortal. La memoria particular de una persona o la de una familia quedarán ligadas a sus fundaciones. Esta situación queda reflejada en las palabras del contemporáneo español Vives, ...es mayor la preocupación por perpetuar la memoria a través de los ostentosos sepulcros que la de vivir cristianamente. La idea de alcanzar la fama es lo que mueve al hombre a hacer fastuosas donaciones...

Por este nuevo concepto, a lo largo de todo el Renacimiento, los enterramientos y funerales de personajes notables cobrarán una importancia y desarrollo cada vez mayor. En España, al igual que en toda la Europa renacentista, durante los siglos XV y XVI, el culto a la muerte se fue acentuando así como se va desarrollando cada vez más la liturgia fúnebre, con un creciente protagonismo de la construcción de monumentos efímeros dentro del ceremonial. La erección de túmulos se va a convertir en la expresión plástica de muchos conceptos simbólicos del Humanismo, con una constante referencia a la virtus del difunto, mientras que los epitafios se encargarán de proclamar la fama del mismo.

El sentido social de la ceremonia fúnebre

Las Cortes renacentistas serán las principales receptoras de todos los ideales sobre la muerte, y sus Príncipes los que los van a desarrollar hasta sus últimas consecuencias. La muerte resulta ser el mejor conducto para expresar la idea de triunfo y de gloria, del héroe y de la fama, para sublimar la figura del difunto y exaltar sus virtudes.

En España el ceremonial funerario, todavía sin consolidar, desarrollado durante toda la primera mitad del siglo XVI, fue estabilizado por Felipe II cuando, en 1573, inició las traslaciones de cadáveres de la familia austríaca a El Escorial, creando las bases de un ceremonial que iba a durar más de tres siglos. La construcción del Monasterio de El Escorial, la fijeza de la Corte en Madrid y el nuevo concepto de la majestad real fueron los factores que determinaron el nuevo perfil del cortejo funerario.

Al mismo tiempo que la Corte, la clase social aristocrática irá preocupándose cada vez en mayor medida por su propia imagen, en un claro sentido emulatorio al proceso que estaba teniendo lugar en la monarquía. A partir de la segunda mitad del siglo XVI esta tendencia se irá acentuando; a la poderosa aristocracia del antiguo régimen no le era difícil realizar una emulación perfecta del funeral y las honras de un monarca, a la vez que era reflejo del fenómeno social generalizado que provocaba la muerte. Para una sociedad jerarquizada, la imagen del duelo refleja la condición social y era para algunos la expresión de su poder económico; cuanto más aparatoso fuese el funeral y más servidores actuaran en el cortejo, tanto más poderosa y rica debía parecer la casa y linaje del difunto.

En España, esta ostentación y el derroche y abuso en los lutos, parecía excesiva a la monarquía que podía llegar a ver amenazada su imagen de poder y preeminencia. Esta situación no es privativa de España, sino que afecta a todas las sociedades en las que se desarrollo esta formar de cultura ceremonial y esferográfica, aunque en sus detalles legales hacemos alusión, exclusivamente, a la situación española.

Para controlar la ostentación y derroche en las ceremonias fúnebres, se va desarrollar una reglamentación legal, que trataba de frenar esta ostentación en las clases altas y no tan altas de la población española. Así, una Pragmática de 14 de octubre de 1493, se pronunciaba en contra del exceso de los lutos en los funerales de particulares; esta pragmática será repetida en 1501 y 1502, aunque las continuas puestas al día de la ley hasta el siglo XVIII, manifiestan su incumplimiento generalizado. Son continuas las sanciones por haber contravenido la ley y excedido en los lutos. En este sentido es importante la Pragmática dictada por Felipe II en 1565 sobre las formalidades que se han de observar en los entierros y exequias de difuntos, que afectarían a toda persona ...de cualquier calidad, condición o preeminencia, aunque sea persona de titulo o dignidad... Sin embargo estas leyes no se cumplían y son numerosas las alusiones a los magníficos funerales de los nobles; por ejemplo Pellicer cuenta cómo, en febrero de 1641, muchos señores se vistieron de negro por la muerte del hijo del Conde de Castro y su mujer; otra referencia concreta a la ostentación de un cortejo fúnebre la tenemos a la muerte del IV Duque de Medina-Sidonia, en 1625. Pero la ostentación continúa y, aunque escasas, existen algunas noticias sobre la actuación directa contra ella; muy representativa es la sanción impuesta contra el Duque del Infantado, por las funciones realizadas en Guadalajara por la difunta Duquesa, en 1633, que provocaron la imposición de una multa de 10.000 ducados y que saliese de Guadalajara cinco leguas. También representativa son las acciones en las exequias del Conde de Oñate en 1644, contadas por Pellicer, en las que se arrasó el túmulo hasta dejarlo a la altura ordenada, ya que había sobrepasado la altura de los construidos para reyes. La polémica sobre la ostentación fúnebre estaba abierta incluso en los funerales de la familia real; así, la ciudad de Toledo daría muestras de cómo se debían de hacer las cosas al levantar un túmulo al Cardenal Infante ... de proporción vistosa, no de maquina grande si bien un poco menor que para reyes, y mucho mayor que para prelados...

Sin embargo, esta situación no era privativa de la Corte y la alta aristocracia, ya que gran parte de la sociedad participaba de ella. En los pequeños lugares la emulación se realizaba no al monarca, sino a la propia nobleza; la sociedad jerarquizada del antiguo régimen, dirigida por ideas de honor y representación, así lo favorecía.

La polémica, anteriormente expuesta, en torno a la costumbre de levantar túmulos y hacer ostentación en los funerales, y la continua necesidad de controlar y frenar esta tendencia, la vemos reflejada en el mundo rural, donde la emulación provenía de las capas pudientes del pueblo llano, y presumiblemente de los hidalgos, mientras que la representación se reserva exclusivamente a los señores del lugar y al estamento eclesiástico.

Pero las ceremonias en esta época eran algo más, estableciéndose en ellas visualmente las jerarquías, y fundamentándose la rigurosa separación de estamentos y grupos. El ceremonial trataba de escenificar simbólicamente las relaciones sociales, recordando a cada uno la posición que ocupa en relación a los demás. Debido a esta concepción, toda ceremonia, y la solemnidad fúnebre no podía faltar a la regla, se verá inmersa en el conflicto por la fijación de los lugares a ocupar. Lo determinante en esta polémica son las ubicaciones de los distintos estamentos en estos actos. Aparecer ocupando una posición menos lucida o encumbrada que la de otros personajes o corporaciones, aunque fuese muy pequeña la diferencia, significaba desde ese instante el ser tenido por inferior, decaer en la estimación pública. Este género de rivalidad se suscita en los gremios, ayuntamientos, cabildos, audiencias, etc. Una amenaza latente en su posición en la escala del honor.

La ceremonia del funeral

El funeral, en esta época, se presenta como un espectáculo teatral con el que se trata de impresionar estimulando fuertemente los sentidos, fascinar por la grandiosidad; la pompa fúnebre será una ocasión única para exaltar la grandeza de una persona en su mayor desdicha.

Para conseguir este objetivo, los funerales se manifiestan como celebraciones complejas en las que se tienen que asumir distintas labores, que requieren una precisa organización, que constaría de: traslado del difunto al lugar donde debía ser enterrado; la preparación y ornamentación de la iglesia, con la erección del catafalco como su elemento fundamental; la organización y el desarrollo del cortejo fúnebre hasta el enterramiento del muerto; la celebración de los oficios religiosos, con las misas y los sermones pertinentes. Entre el entierro y la celebración de las exequias o la celebración de la muerte, existía una larga espera en preparativos, como la construcción del catafalco y la decoración de la iglesia, que podía durar varios meses.

La ceremonia se inicia con la exposición pública del cadáver, el velatorio, donde empieza el verdadero despliegue protocolario; desde este primer momento se inicia el desarrollo de la decoración fúnebre, se realiza el primer decorado efímero, en el que es igualmente importante la propia indumentaria del difunto. Esta primera celebración será sencilla durante el renacimiento pero adquiere una gran suntuosidad y teatralidad en el barroco. El cambio progresivo hacia un mayor lujo fue directamente proporcional al aumento de la complejidad del ceremonial fúnebre. Arte y ostentación se convierten en las características más acusadas de estas ceremonias en el barroco.

Tras el velatorio se produce la procesión fúnebre. El funeral, sea del personaje que sea, es un acontecimiento público, en que una parte muy importante del mismo se desarrolla en la calle. La procesión fúnebre se va a desarrollar mediante una comitiva fúnebre de oficiales, cortesanos y eclesiásticos que trasladan y acompañan al difunto desde la residencia del mismo al panteón familiar, normalmente siguiendo un una ceremonia perfectamente fijada por cada Casa nobiliaria o por cada Casa real.

Durante todo el periodo barroco, el cortejo fúnebre se convirtió en un espectáculo callejero al cual contribuía la lujosa apariencia con que eran conducidos los restos del difunto, las cajas se cubrían con ricos brocados y lonas enceradas cubrían resguardaban los ataúdes de lluvias y nieve, también había ornamentos de seda, hilo de oro y plata para componer las andas que sustentaban los ataúdes, así como los miembros de la comitiva fúnebre podían ser distinguidos en su rango social por las diferentes calidades de las ropas que portaban.

Además los lugares públicos, calles o plazas, por las que debía transitar el cortejo fúnebre, fueron adecuadamente decoradas. Se levantaron altares y catafalcos callejeros, lugares donde el cortejo debía para elevar alguna oración por el alma del difunto. Se engalanaron plazas, calles y edificios representativos para acompañar la solemnidad del cortejo. El sentido procesional señalaba toda la trayectoria del enterramiento, desde la recogida del difunto hasta su traslado al panteón y el esplendor y el boato desarrollados en toda este deambular procesional daba muestra de la posición social del mismo.

Las honras fúnebres por su aspecto público llegaron a ser el espejo de la pirámide la sociedad barroca; no hay nada que mida mejor la categoría de un difunto que sus propias honras fúnebres.

Tras el cortejo el séquito y el ataúd son recibidos en la iglesia donde se van a desarrollar los diferentes oficios religiosos. Previamente la iglesia ha sido decorada convenientemente.

La decoración en el interior de la iglesia va a ser muy compleja y responde a la práctica habitual que se desarrolla en estas ceremonias. En general, el conjunto de la decoración puede dividirse en tres partes de la misma: la del pórtico, la de las naves y la del crucero, mientras que podemos fijar los elementos decorativos en colgaduras, cera, esqueletos, túmulo y objetos de culto. En el interior de la iglesia se decoraban las naves, cubiertas con telas negras y el crucero donde se colocaba el túmulo o catafalco. Su finalidad era trasformar el espacio arquitectónico real, en espacio teatral y fingido, donde dominaran las ideas de muerte y magnificencia, al mismo tiempo que prendieran fuertemente la sensibilidad del espectador.

Sin embargo, la parte principal del escenario fúnebre era el catafalco. Estos artificios se realizaban como manifestaciones de respeto; si el Rey o el alto personaje aparecen en público siempre bajo un dosel o palio, como manifestación de su dignidad, es lógico que, una vez difuntos, esta interpretación de la dignidad se mantuviera y se expresara mediante la colocación del cadáver en el centro del catafalco. Por lo general, el monumento efímero ocupa casi todo el centro del crucero, alzándose hasta el techo del cimborrio. A la vez, cada rincón del túmulo se hallaba adornado con epitafios y tarjetas que explican a su manera las alegorías y símbolos que contenía. La heráldica, como elemento de exaltación de un linaje, tenía una gran importancia en todo este tipo de la solemnidades.

Junto a esto, otra parte fundamental de la preparación de la iglesia, sería la iluminación de la misma mediante las velas. Los gastos de cera suelen ser los más abultados que se hacen en este tipo de ceremonias; el valor de la luz es un elemento decisivo en la consecución de la maravilla, en la transformación del espacio real en un espacio teatral y fantástico. La claridad, que busca la irrealidad, dependerá de los hachones y velas distribuidas a lo largo de la oscurecida nave y, sobre todo, de las situadas en el negro catafalco. Sin duda, el violento contraste, la antítesis entre la luminosidad cegadora del túmulo y la negrura del resto del recinto, enlutado en su totalidad, era un efecto buscado deliberadamente, que respondía a toda la estética del Barroco y su gusto por los contrastes y la exaltación de la muerte.

Anteriormente hemos expuesto la importante polémica desarrollada en torno a las manifestaciones de ostentación en los funerales; los gastos de cera no quedaron fuera de esta polémica. Los Reyes Católicos intentaron atajar, a la vez que los lutos, los gastos de la cera que ...se hecha a perder en los enterramientos y obsequias..., pero la masiva utilización hizo que en 1696 Carlos II, junto a la prohibición de las colgaduras en catafalcos particulares, restringiera a doce el número de hachas a colocar junto a estos monumentos.

Estos monumentos efímeros, los catafalcos, realizados con materiales poco resistentes y sobrecargados de velas, corrían un gran peligro de incendio siendo, en más de una ocasión, pasto de las llamas.

Los esqueletos son otro de los elementos específicos de toda la decoración funeraria; se realizaban en pasta de papel, y se colocaban sobre las colgaduras negras, por las naves y en el propio catafalco. Como principal imagen de la muerte, comenzaban a aparecer ya en la decoración del pórtico, para acompañar luego al espectador a lo largo de su recorrido visual por el templo. Son los símbolos de la mortalidad por excelencia y de su necesaria memoria, pero al mismo tiempo se manifestaban como esperanza de la gloria que espera tras el fin. Por último, estaría la decoración que aporta todos lo objetos de culto.

Una vez terminada la decoración de la iglesia todo estaba ya dispuesto para la celebración del funeral y el enterramiento del cadáver.

Bibliografía

  • ALEGRE CARVAJAL, Esther: “La muerte de Fray Pedro González de Mendoza”. Guadalajara, Wad-Al-Hayara, nº 22, 1995, págs. 299-341.

  • ARIÈS. P.: El hombre ante la muerte. Madrid, Taurus, 1983.

  • SOTO CABA, Victoria: Catafalcos Reales del Barroco Español. Madrid, Aula Abierta, 1992.

Autor

  • Esther Alegre Carvajal