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Chile: Arte.

Arte en Chile.

Arte colonial

La conquista del territorio chileno es peculiar, porque la frontera indígena continúa abierta hasta la independencia. Nace así un modo de vida que favorece el mestizaje, la fusión de lo español y lo indígena. Chile es una Capitanía General dependiente del Virreinato del Perú; su situación geográfica distante de los grandes centros poblados de América y de las vías de comunicación más transitadas, hacen que el desarrollo económico y las manifestaciones culturales sean modestos. Los artesanos chilenos son escasos y realizan obras rústicas. Es por esta razón que, cuando las órdenes religiosas o los particulares desean adquirir pinturas y esculturas de valor, importan estas obras desde los centros hispanoamericanos que tienen ya una producción artística importante: Quito para las esculturas, Cuzco y Lima para las pinturas, y telas y tallas de Potosí y Sucre. Con todo, la originalidad cultural chilena irá encontrando lentamente su cauce.

Arquitectura

Los inicios de la arquitectura colonial chilena se caracterizan por la extrema pobreza constructiva, causada por el continuo estado de guerra y los frecuentes temblores que arrasan una y otra vez las ciudades. Otro factor que condicionó el desarrollo arquitectónico colonial fue la fuerte influencia peruana; sin embargo, lo fundamental no fue el modelo de los grandes edificios e iglesias de las ciudades del Cuzco y Lima, sino más bien el de ciudades como Arequipa, La Paz y Potosí, que utilizaban en sus construcciones el adobe y la paja, dejando a un lado la piedra y el ladrillo que se ocupaban en las construcciones de las grandes ciudades.

Otro factor que condicionó el carácter arquitectónico de la colonia fue el tipo de ocupación del suelo que realizaron los conquistadores españoles. Estos se asentaron desde un principio en los valles centrales, donde fundaron la mayoría de las ciudades, de las cuales Santiago conserva la mayor cantidad de edificios del período colonial.

La ciudad de Santiago fue fundada en 1541 por don Pedro de Valdivia. La primera obra arquitectónica de importancia que ordenó construir fue la muralla. Ésta encerraba nueve manzanas del centro de la ciudad, tomando como punto de partida la Plaza de Armas, y debió levantarse por las actuales calles de Bandera, Huérfanos, San Antonio y Santo Domingo. Su altura debió ser de 2,40 metros y una anchura de algo más de metro y medio.

El aspecto que presentaba la ciudad de Santiago a mediados del siglo XVI era de una absoluta pobreza, lo cual contrastaba doblemente con el alegre aspecto de las chacras y huertos que los pobladores cultivaban en sus solares, regadas por acequias que venían del río Mapocho. Como las calles no estaban pavimentadas, las acequias que corrían por su centro las transformaban en sucios lodazales. Los pocos edificios construidos con muros de adobe y techos de paja carecían de adornos, las ventanas eran pocas y sin vidrios. Un gran portón comunicaba con el primer patio y un estrado daba acceso a un segundo patio, al comedor y a otras dependencias.

Finalizado el siglo XVI, Santiago muestra algunos progresos urbanísticos entre los que se destacan la formación de la Avenida de Las Delicias o La Cañada, antiguo brazo sur del río Mapocho. Algunas obras de este período son el Portal de Sierra Bella, llamado más tarde el Portal Fernández Concha, ubicado en la plaza mayor esquina con la calle Ahumada, la Catedral, cuya primera piedra fue colocada por García Hurtado de Mendoza, que fue terminada en 1575, y la Iglesia y convento de San Francisco, concluida en 1618.

Entre 1600 y 1650, Santiago adquirió cierta prestancia. Sus calles se hallaban toscamente empedradas; entre los nuevos edificios habría que señalar el Convictorio de San Francisco Javier. Otras construcciones del período fueron la Iglesia de la Compañía de Jesús y la Iglesia y convento de San Agustín.

La arquitectura presenta rasgos de evolución del barroco peruano, como la fachada con columna de ángulo, que refuerza las esquinas y permite a los propietarios la instalación de un local comercial. Esta “primera” ciudad de Santiago duró sólo una centuria, pues en 1647 fue completamente arrasada por un terremoto, que sólo dejó en pie la Iglesia de San Francisco.

El período que va desde 1650 a 1780 corresponde al apogeo de la fusión hispano-aborigen. Los artistas peruanos siguen influyendo considerablemente. Entre las obras de este período se encuentran la Real Universidad de San Felipe y la Catedral de Santiago, que se terminó de reconstruir el año 1687 y fue derribada nuevamente por el terremoto de 1730. Se inició su reconstrucción cuando el obispo Juan Melgarejo puso la primera piedra en julio del año 1748; recibió el encargo de terminarla Joaquín Toesca. De este período data también la iglesia de Santo Domingo que, junto a la de San Francisco, se conserva en buen estado. Por último, aparecen otras construcciones como los tajamares del Mapocho y el primer puente de cal y ladrillo que uniera la ciudad de Santiago con el barrio de La Chimba, situado al norte del mismo río, y que aseguró un tránsito permanente en el camino a las ciudades del norte.

La política urbanística de los Borbones

Avanzadas las primeras décadas del siglo XVIII, los Borbones ponen en acción un ambicioso plan fundacional de centros urbanos con objeto de reducir a pueblo a la gran población rural dispersa a lo largo y ancho del territorio. Junto con ello hay una importante preocupación por mejorar y desarrollar la construcción de obras públicas que beneficien el urbaniamo y la infraestructura de la Capitanía General. Durante este siglo se construyen obras tan significativas como el Palacio de los Presidentes y Reales Cajas, el Puente de Cal y Canto o Puente Nuevo y la Real Casa de Moneda.

Otro incentivo importante para el auge edilicio de Santiago en el siglo XVIII fue el gran terremoto de 1730, que obligó a reconstruir casi por completo la ciudad. Por otra parte, hay que indicar que en 1748 llegó a Chile una misión jesuita integrada por 38 artesanos, en su mayoría bávaros, que se establecieron en Calera de Tango, lugar situado a 30 kilómetros de la ciudad de Santiago, y fundaron allí un centro artístico artesanal de donde salieron cuadros, muebles y obras de orfebrería que irradiaron la influencia bávara a todo Chile. Una de las principales obras jesuitas fue su grandioso templo de la Compañía levantado en Santiago, que fue destruido por un terrible incendio en 1863. Las labores de este centro se vieron abruptamente interrumpidas en 1767, cuando por decreto de Carlos III al ser expulsada la Orden de San Ignacio de todos los dominios del Imperio Español.

A partir de 1780, la estética predominante se manifestó en un retorno a las formas clásicas, que ubicó al tardío Barroco americano entre dos épocas de tendencias definidas y cánones grecorromanos. De este período sorprende hasta nuestros días la grandiosidad de sus proyectos, reflejados sobre todo por el magnifico edificio que sirvió para la Casa de Moneda, con espaciosos patios, amplios zaguanes y locales de tal jerarquía que han permitido que actualmente se utilice para casa del presidente de la República y oficinas ministeriales.

Arquitectura rural

La reactivación económica del medio rural desde principios del siglo XVIII fue notable, de modo que fue entretejiendo una trama de caseríos, parroquias, haciendas y residencias, con características propias en el manejo del espacio, las formas y las técnicas constructivas, todo lo cual anticipaba la tradicional arquitectura rural del siglo XIX, de fuerte contenido y raigambre popular, en oposición a la arquitectura profesional foránea que se introdujo en cambio en el medio urbano republicano. El adobe, pedazo de barro y paja secado al sol, es el dúctil instrumento de toda la construcción campesina, basada en el manejo empírico del comportamiento de los materiales frente a los temblores. Los materiales de construcción provienen en su mayor parte de la propia hacienda. Piedra bolón para los cimientos; barro y paja para cortar los adobes; madera para labrar vigas, costaneras, dinteles, soleras, pilares, canes y sopandas; y también para los centros, puertas y ventanas. Con arcilla de cierta calidad, se fabrican las tejas y ladrillos para los pisos. El polvillo y la cal recubren finalmente el adobe, y aseguran la unidad y buena presentación del conjunto, dentro de una expresión sencilla, sin ornamentaciones. Construidas por su propietario o administrador, éste utiliza tres tipos de espacios en la organización total de la casa de hacienda: los patios, los corredores y las habitaciones. Las casas se construyen por etapas, estructuradas por una sucesión de patios ortogonales, rodeados por recintos cerrados. El corredor, como zona intermedia entre exterior e interior, es el espacio más original de esta arquitectura. Prestaba servicio en todas las estaciones, en un clima que permite la vida al aire libre la mayor parte del año. Tanto es así, que los únicos asomos decorativos o formales se producen en sus pilares y sopandas, con excepción del tratamiento interior y formal de la capilla y el portón de acceso general al establecimiento.

Algunos edificios notables

Entre las principales obras arquitectónicas coloniales destacan las siguientes:

Edificio de la municipalidad de Santiago: En los primeros días de la fundación de Santiago se constituyó el cabildo, cuyas primeras casas se encomendaron en 1578 a los maestros Juan Cárdenas y Juan de Lezama; las obras se levantaron en el costado norte de la Plaza de Armas, en conjunto con la Cárcel Real. El terremoto del 12 de mayo de 1647 abatió todos los edificios, incluidos los de la cárcel. El terremoto de 1730 echó nuevamente abajo los edificios tradicionales de la plaza, de los que únicamente resistió la planta baja de sillería de piedra, mientras que los más altos tuvieron que ser rehechos. Cuando el gran arquitecto Joaquín Toesca llegó a Chile, estos edificios estaban en estado tan deplorable que en 1780 fue ordenada su demolición. Para construir el nuevo cabildo y cárcel, en 1785 se le designó para que proyectara la nueva obra. Melchor de Jaraquemada terminó el grueso de la obra en 1789. Sólo se inauguró el 6 de febrero de 1790, ya habilitadas sus piezas interiores y alhajadas las salas de sesiones de verano e invierno. En 1811, la Junta de Gobierno encomendó al arquitecto Juan José Goycolea hacer algunas transformaciones, que en ningún momento alteraron la fachada neoclásica usada por Toesca. Entre 1881 y 1883, el edificio de la municipalidad fue restaurado para alojar, exclusivamente, oficinas y servicios municipales, pues en 1878 la cárcel se trasladó a otros edificios al pie del Cerro Santa Lucía, donde hoy se encuentra la plaza Vicuña Macanea. Después del incendio que destruyó el edificio en 1891, generado accidentalmente en unas tiendas, se designó al ingeniero municipal Ernesto Jannon para restaurar y modificar la parte afectada. Los trabajos se prolongaron hasta 1895. El edificio se caracteriza por su sobriedad y marcado sello neoclásico.

Iglesia de Santo Domingo: Destruida por el terremoto de 1595, sobre sus ruinas se levantó en 1606 la segunda iglesia, que sería la más bella e imponente de estilo colonial, pero que también fue destruida por el terremoto de 1647. El tercer edificio se entregó en 1677. Consta de tres naves, con arquería de ladrillo y un campanil costoso y curiosamente construido. Fue derrumbada por el terremoto de 1730. La construcción de la cuarta y última iglesia se encomendó a los arquitectos Agustín Caballero y Juan de los Santos Vasconcellos. Fue inaugurada en 1771 con carácter provisorio; en 1795 se hace cargo de la obra Joaquín Toesca que la terminó en 1808. La iglesia es de estilo neoclásico. La planta es de tipo basilical, con una amplia nave central. Las laterales quedan separadas por arcos de medio punto que descansan en pilares cuadrados. Su fachada principal, de piedra del Cerro Blanco, está compuesta por un sobrio juego de molduras y pilastras. Cuenta con tres puertas formadas por arcos de medio punto. Adornan la fachada estatuas emplazadas en nichos a ambos lados de las puertas: san Pío y santa Catalina de Siena, en el lado derecho; santo Tomás de Aquino y santa Rosa de Lima en el izquierdo. Al centro hay imágenes de Nuestra Señora del Rosario, y en los extremos san Francisco y santo Domingo. Completan la estructura dos torres de poca altura.

Iglesia y convento de San Francisco: Hacia el año 1555 se inicia la construcción de la iglesia, que no fue terminada hasta el año 1618. Constaba de una nave principal, el crucero, la sacristía y la torre. En 1628 se termina el primer claustro, a cargo de fray Fernando Cid, que se conserva hasta la fecha. El terremoto de 1647 derriba la torre y el coro; pero se construye otra en 1698. En 1754 se derribó la segunda torre para edificar una tercera. A fines del siglo XVIII se levantan las naves laterales, norte y sur, de forma que la iglesia pierde su planta de cruz. En 1857 Fermín Vivaceta levanta la actual torre neoclásica, que es la tradicional imagen de cualquier postal de Santiago.

Palacio de la Moneda: El 27 de junio de 1780, el presidente Jaúregui encomendaba a Joaquín Toesca la confección de los planos de lo que sería el local donde se acuñarían las monedas de oro y plata con la efigie del rey. Los planos, que estaban listos en febrero de 1781, fueron aprobados en noviembre del año siguiente. La Moneda fue construida íntegramente de ladrillos, revestidas sus fachadas, tanto exteriores como interiores, en un estuco de cal y arena, que ha resistido perfectamente las inclemencias del tiempo. Los patios interiores son muy sobrios; de vez en cuando aparece alguna pila o detalle en piedra. Según parece, la Moneda fue adornada con una escultura de piedra que representaba el escudo de España, colocada luego por orden de Benjamín Vicuña Mackenna en el Cerro Santa Lucía.

La Casa Colorada: Mateo de Toro y Zambrano mandó construir su mansión al maestro portugués Joseph de la Vega en el otoño de 1769. Los trabajos, que duraron diez años, dieron origen a un fabuloso edificio que tenía la particularidad de ser el único en su época que constaba de dos pisos y fachada de piedra en su primer nivel. La mansión, al igual que otras viviendas coloniales, tenía patios sucesivos rodeados de recintos. Al primero se llegaba después de traspasar un gran portón claveteado; estaba pavimentado con piedra de río y lo rodeaban las habitaciones que servían para guardar provisiones. Las habitaciones que daban a la calle servían a las actividades comerciales de la familia. El cuerpo central se utilizaba para las actividades sociales y de tertulia, y también separaba el primer patio del segundo, en donde se encontraban los dormitorios de la familia y las habitaciones de la servidumbre. Se conserva muy poco de la original Casa Colorada, tan sólo la fachada de dos pisos que da a la calle Merced. Esta fachada consta de un centro en donde se emplaza una portada de doble altura, a cuyos lados se alinean arcos rebajados, que en el primer piso son puertas y en el segundo puertas vidriadas que dan salida a balcones de tipo andaluz. Las líneas arquitectónicas corresponden a la concepción barroca atenuada de los últimos años de la colonia; en la actualidad alberga un museo de arte colonial.

Pintura y escultura

Aunque desde mediados del siglo XVII existen menciones documentadas sobre pintores que trabajan en Chile, las obras de estos artistas han desaparecido o no se han identificado. Existe, sin embargo, un conjunto de obras entre las que destaca la que representa al Cristo de Mayo entre la Dolorosa, San Juan, la Magdalena y una religiosa Carmelita. Esta obra tiene como modelo el Cristo de Mayo de la Iglesia de san Agustín de Santiago, lo que certifica su ejecución en Chile.

Hubo también mucha decoración mural en edificios, capillas, iglesias y conventos aunque el tiempo se ha encargado de irlos borrando. Lo poco que se conserva da cuenta de una práctica muy extendida en todo el Virreinato, consistente en decorar lo más profusamente posible los muros y cielos de los edificios sin dejar casi espacio en blanco. Estas pinturas murales sustituían en América a los papeles y telas que en Europa se usaron para recubrir paredes. Los ejemplos mejor conservados de pintura mural en Chile se encuentran en tres pequeñas y rústicas iglesias de la región del Altiplano: Parinacota, Pachamama y Sotoca. De acuerdo con el estilo de estos murales y las vestimentas de los seres representados, pueden datarse hacia fines del siglo XVIII. Se caracterizan por una profusión decorativa; trajes, utensilios e instrumentos costumbristas; por la representación del ambiente y del paisaje local y por el dramatismo de las figuras religiosas. En Pachamama, los motivos representados son Escenas de músicos y Ángeles; en Parinacota, Las postrimerías y Escenas de la pasión, y en Sotoca una serie de Santas, Ángeles y personajes no identificados. Son obras anónimas y populares que denotan las limitaciones y los alcances de un artesano local. Esta práctica mural debió extenderse también a Santiago como lo demuestran algunos vestigios conservados en el primer claustro del Convento de san Francisco en la Alameda.

Con los conquistadores españoles llegan las primeras "imágenes milagrosas" que muchas veces no tienen valor artístico pero que son símbolos de la conquista espiritual de América. Denominadas así porque se les ha otorgado, por algún acontecimiento especial, un carácter milagroso, fueron prontamente reproducidas en Hispanoamérica. La talla en madera va adquiriendo, en el curso del siglo XVIII, un carácter popular; el procedimiento de la talla completa, o talla de bulto en tres dimensiones, llega a América desde Andalucía.

Para reforzar el efecto celestial o trágico de las imágenes, los artesanos y artistas coloniales colocan en éstas ojos de cristal, pelo natural, dientes humanos, lenguas de cuero, sogas, cilicios y coronas, elementos que las transforman en criaturas alucinantes y a veces pavorosas.

La escultura de los siglos XVII y XVIII preservada en Chile corresponde, en su mayor parte, a obras realizadas en Perú, Alto Perú y especialmente en Quito.También existen algunas piezas españolas. Entre ellas se encuentran la Virgen del Socorro que trae Pedro de Valdivia en el arzón de su montura; escultura de origen napolitano tallada en madera y policromada con finos rasgos renacentistas. Actualmente se encuentra ubicada en el altar mayor del templo de san Francisco en Santiago.

Arte jesuita

Entre las órdenes religiosas existentes en Chile durante el siglo XVIII, la de los jesuitas es la que pone mayor énfasis en el desarrollo cultural y artístico, ya que fomenta la arquitectura, la platería, la talla, la pintura, artesanía y artes industriales como la herrería, cerrajería y carpintería, además de lo cual instala grandes talleres en sus florecientes haciendas de La Ollería, La Punta, Calera de Tango y Bucalemu.

Terremotos, incendios y la orden de expulsión dictada en 1767 son factores que diezmaron el patrimonio de la Compañía. Algunos artistas jesuitas destacaron por sus obras, entre éstos se encuentran Juan Bitterich (1675-1720), arquitecto y escultor a quien se le ha atribuido una de las mejores tallas del período colonial, el San Sebastián de Los Andes, dedicada justamente a san Sebastián; Jacobo Kellner (1720), escultor al que se atribuye la estatua de San Francisco Javier yacente, que guarda el Museo de la Catedral de Santiago y que primitivamente adornó el templo de san Miguel. Jorge Lanz (nacido a fines del siglo XVII), tallador y ebanista que hizo el púlpito de la Iglesia de La Merced en Santiago, una obra maestra, única en el país por su estilo y calidad. Lo que se conserva de los pintores jesuitas llegados a Chile en esta época es de menor categoría que las obras de escultura.

Mención especial merece José Gil de Castro (1780-1840), cuya genialidad artística surge y se desarrolla en Chile -aunque él es oriundo de Perú- durante los años de la Independencia. Realiza en el país la parte más vasta y valiosa de su labor. Su obra representa la unión y el entronque de dos épocas, Colonia y República. En sus cuadros está en apogeo la tradición de la pintura mestiza popular: concepto planimétrico del espacio, tratamiento frontal de las figuras y esplendor intenso del color y deslumbramiento por el detalle ornamental. Y también el nuevo estilo artístico europeo, el Neoclasicismo: pureza formal, precisión y nitidez de líneas y volúmenes e indumentaria. Pinta fundamentalmente retratos, que reproducen la fisonomía de la sociedad criolla. Algunos de ellos son los de Don Ramón Martínez de Luco y Caldera y su hijo Don José Fabián; Doña Isabel Riquelme, que se encuentra en el Museo Histórico Nacional o el de Don Bernardo O'Higgins, de cuerpo entero sobre fondo de paisaje, conservado también en este Museo. Blanco, azul y rojo -los colores de la bandera y el escudo chileno- son los predominantes en esta tela.

Arte republicano: el siglo XIX

El movimiento de Independencia, los ideales republicanos derivados de la Ilustración y la nueva manera de pensar introducida por comerciantes e intelectuales foráneos inició un proceso de laicización de la mentalidad chilena que tuvo una influencia inmediata en el arte.

Arquitectura

La influencia renovadora que el arquitecto Joaquín Toesca trajo a las obras públicas y religiosas, cesó con la de independencia. La renovación arquitectónica vino de Francia, de la mano del representante de Chile José Manuel Ramírez Rosales, quien insistió ante el presidente Bulnes para que se contratara a Claudio Francisco Brunet de Baines como arquitecto de gobierno.

Cuando Brunet de Baines llegó a Chile en 1848, tomó en sus manos la construcción de las más importantes obras públicas de la época, el Teatro Municipal y el Palacio del Congreso Nacional, al igual que la casa del propio presidente de la república, el general don Manuel Bulnes. Este acontecimiento fue imitado por la oligarquía, que empezó a edificar sus mansiones en estilo francés. El sucesor de Brunet fue Luciano Henault, que se hizo cargo de la reconstrucción del Teatro Municipal, destruido por un incendio en 1870, y de terminar el Congreso Nacional. Su obra más importante fue la Casa Central de la Universidad de Chile.

Uno de los principales aportes de los arquitectos franceses fue la creación en 1849 de la escuela de arquitectura de la Universidad de Chile, de cuyas aulas saldrían los primeros arquitectos chilenos, como Ricardo Brown, Manuel Aldunate y Fermín Vivaceta. Muy poco queda de su obra: la estructura general del Correo Central de Ricardo Brown, la torre de San Francisco y el frontis de la iglesia de san Agustín de Fermín Vivaceta y el frontis del Mercado Central y el arabesco Palacio de La Alhambra de Manuel Aldunate.

A la transformación arquitectónica se sumó la renovación urbanística, también de influencia francesa, que se refleja en las amplias avenidas y espectaculares diagonales directamente relacionadas con edificios y monumentos importantes. Esta transformación sería conducida por Benjamín Vicuña Mackenna, que había vivido en Francia en los años del Segundo Imperio. Tras llegar a Chile en 1875, Vicuña fue designado intendente de Santiago, cargo que ocuparía por un plazo de tres años, durante el cual realizó un completo “Plan de Transformación de la Ciudad”. En este breve período se abrieron calles y avenidas, se crearon plazas y paseos públicos, se construyeron teatros y museos, se abrieron escuelas y se hizo un camino de circunvalación. La importancia del plan transformador de Vicuña Mackenna radica en que no se limitó a retocar el aspecto físico de la ciudad, sino que acometió una transformación cultural y social radical de la capital.

La nueva imagen de Santiago comienza a gestarse cuando Luis Cousiño se hace cargo de la transformación del campo de Marte destinado a los ejercicios militares, en un parque de estilo francés. Los trabajos se realizaron rápidamente y culminaron con la colocación de una espléndida portada de hierro forjado construida en Francia por el arquitecto Paul Lathoud. Pronto los alrededores del parque empezaron a habitarse, lo que dio origen a la calle Dieciocho, donde el mismo Lathoud construyó para don Luis Cousiño la mansión que hoy se conoce como Palacio Cousiño, sede de un museo de la época y lugar de recepciones sociales.

El último cuarto del siglo marca el apogeo de la influencia arquitectónica francesa en Chile. Al estilo clásico de Lathoud, sigue el período de “L'école de Beaux Arts de París“ que culminará hacia comienzos del siglo XX con el trabajo de notables arquitectos franceses. Entre ellos destacan Eugenio Joannon Croizier, creador del Palacio Ochagavía (1905) y del edificio Comercial Edwards (1892); Emilio Doyere, constructor del Palacio de Justicia (1907-1927 ) y Emilio Jecquier, cuyas obras más importantes son el Palacio de Bellas Artes (1905.1910), la estación Mapocho ( 1905-1912 ) y la bolsa de Comercio (1913-1917 ).

Obras importantes

Entre las obras arquitectónicas más destacadas del siglo XIX figuran las siguientes:

Universidad de Chile: El 4 de abril de 1839, con Joaquín Prieto como presidente de la República y Mariano Egaña al frente del ministerio de Educación Pública, se dictó el decreto que pone fin a las actividades de la Universidad de San Felipe y crea en su reemplazo la Universidad de Chile, lo que puso fin a la tutela de la iglesia en la educación. No obstante, sólo en 1863 se inició la construcción del edificio que cobijaría a la Universidad de Chile, proyectada por el arquitecto Ambroise Hénault. La guerra con España paralizó el desarrollo de la construcción hasta 1865, fecha en que se hace cargo de la obra Fermín Vivaceta. Se terminó en el año 1872 y, a pesar de las innumerables transformaciones que ha tenido, no ha variado su estilo neoclásico francés. Su fachada principal es simétrica, con una fuerte predominancia horizontal reforzada por una sucesión de ventanas con arco de medio punto en el primer piso y rectangulares en el segundo. La entrada principal se destaca por sus grandes vanos de arco y el agrupamiento de sus pilastras. Remata esta gran portada un frontón triangular, de cuyo tímpano emerge el alto relieve que enmarca el escudo de la universidad.

Palacio Cousiño: En 1875, Isidora Goyenechea, viuda de Matías Cousiño, encargó al arquitecto Paul Lathoud la construcción de una mansión extremadamente lujosa, que representara el poderío económico de la familia. Los trabajos se terminaron en 1878. El edificio se presenta como una construcción armoniosa y de elegantes líneas, de concepción sobria y vinculada a la tradición clásica. Las fachadas de la mansión están trabajadas en columnas jónicas y corintias. El interior se organiza alrededor de un gran salón central de doble altura, del cual nace la escalera principal de mármol. Lo rodean salones y vestíbulos que completan el primer piso. La suntuosa decoración del palacio, tanto de los salones como de los dormitorios y recámaras del segundo piso, fue realizada por notables artesanos franceses traídos de Europa por doña Isidora junto con los muebles, mármoles, lámparas, cerrajería de finos bronces, cortinajes y sedas que revistieron los interiores.

Mercado Central de Santiago: Las obras se inician en 1869 bajo las órdenes del arquitecto chileno Fermín Vivaceta y el contratista Juan Stefani. Se entrega el 23 de agosto de 1872, siendo inaugurado el 15 de septiembre de 1872 por el presidente de la república Federico Errázuriz Zañártu. Este edificio destaca por la belleza en los motivos artísticos realizados en hierro forjado, así como por los adornos de los pilares y arcos que sustentan el techo. También las puertas de dos hojas, de filiación neoclásica, son de hierro fundido; éstas sobresalen por los exquisitos motivos de hojas y tallos entrelazados que cubren el tímpano y por dos figuras reclinadas de mujer, también en fierro fundido, que simbolizan la agricultura y la paz. Alrededor del año 1900 se instala la luz eléctrica en todos los locales, así como también los servicios higiénicos y lavaderos para pescados y mariscos.

Arquitectura metálica

Es importante mencionar la pujanza de la arquitectura metálica en el Sur de Chile. Entre las obras más destacadas cabe señalar:

Parque de Lota: Fue delineado entre los años 1852 y 1863 por el paisajista inglés Bartlet, cuyos trabajos continuaron posteriormente Luis Cousiño e Isidora Goyenechea. La superficie del parque es de unas catorce hectáreas. Desde su entrada principal hasta el mirador del extremo poniente tiene una longitud superior a un kilómetro, su ancho fluctúa entre los cien y los trescientos metros. Entre las estatuas, instalaciones o sitios más interesantes del parque están el kiosco chino, en cuyas proximidades se encuentra el hermoso grupo escultórico Ninfa Amaltes; el kiosco árabe, al lado de unos juegos de agua que, a su vez, están circundados por las alegorías de Las Cuatro Estaciones, de Moreau y el conservatorio de plantas tropicales, que cuenta, entre otras especies, con un ejemplar del árbol del pan originario de la isla de Java.

Viaducto del Malleco: La propuesta pública para la ejecución de la obra fue adjudicada a Schneider & Cía (Creusot), dejando fuera a Gustave Eiffel, quien también participó del concurso. El viaducto está hecho de vigas continuas de siete metros de alto; el puente consta de cinco tramos iguales, cada uno de los cuales tiene 69,50 metros, lo que da al puente una longitud total de 347,50 metros. La altura de los rieles sobre el fondo de la quebrada es de 102 metros. La construcción comenzó el 1 de marzo de 1889 y fue terminada el 26 de octubre de 1890.

Valparaíso en el siglo XIX

La actividad arquitectónica en Valparaíso tuvo un carácter original. El puerto se abre al comercio y es la principal vía de acceso al país; aquí se concreta todo el movimiento que protagonizan las grandes firmas que se van formando con el impulso visionario de los extranjeros que se avecindan en Chile, entre los que se destacan principalmente los ingleses.

Nace así la necesidad de programar nuevos edificios. Se levantan los almacenes fiscales y luego se inicia la construcción de las oficinas de administración, teniendo en cuenta que su primitiva instalación en el antiguo edificio de la Intendencia ya no corresponde al volumen de actividad que debe absorber. El edificio de Administración de la Aduana se ubica en las cercanías de los almacenes fiscales y del muelle; en la explanada convergen importantes arterias como la calle del Arsenal, hoy Bustamante, y la calle Cochrane. El imán que representa Valparaíso en la primera mitad del siglo XIX no sólo atrae comerciantes; la corriente migratoria envuelve a numerosos técnicos, preferentemente ingleses y norteamericanos, que asumen la ejecución de casi todas las obras de ingeniería y arquitectura del período. Procedente de los Estados Unidos llega así Juan Brown Diffin, el constructor de la Aduana.

Juan Brown conoce bien la arquitectura de su tierra natal. Es la época del Late Colonial, expresión que conjuga el colonial americano y el neoclásico. El estilo nace en piedra en Inglaterra, y es transplantado a los Estados Unidos. Su interpretación en madera florece profusamente y Brown es el artífice de su traducción al ladrillo y al estuco en Valparaíso. El edificio de la Aduana es de un volumen simple y de armónicas proporciones, se amalgama con la plaza. El cerro Artillería lo protege de los fuertes vientos del norponiente.

La Aduana de Valparaíso refleja el despertar del puerto una vez consolidada la República, y responde en forma directa al floreciente ambiente económico posterior a 1850. En Valparaíso también se instala el primer observatorio astronómico de Chile, años antes de que el teniente Gillis construyera el observatorio del cerro Santa Lucía en Santiago, en 1848. La fundación porteña no se debe, como en la capital, al arribo de una expedición científica, sino a la iniciativa privada de Juan Mouat, un relojero británico que llega a Chile en la gran aventura de su vida, atraído por el auge comercial en la naciente República.

Pintura y escultura

Con la consecución de la independencia chilena se manifestó casi de inmediato un cambio en los cánones estéticos. A partir de 1821, los motivos dejan de ser meramente religiosos, debido a la influencia del Romanticismo, movimiento en el que predomina el gusto por el paisaje, el retrato y la escena de costumbres. Se da también un academicismo con la oficialización de la enseñanza artística, pues en 1849 se funda la Academia de Pintura, donde se imparte un estilo normativo y tradicionalista, inspirado en la antigüedad grecorromana. El Realismo marca el punto culminante de la plástica chilena guiada por los modelos europeos. Hacia fines de siglo se inicia una renovación y una búsqueda de un arte personal y chileno. Estimulados por el Impresionismo francés, los pintores reaccionan contra las convenciones del arte académico ya decadente y desarrollan una pintura sensitiva y visual que encuentra en el paisaje de su patria su principal cauce de expresión.

El espíritu romántico que impera en el Viejo Continente anhela una ampliación de su universo cultural: tiene sed de aventuras, de novedades, de conocer lugares exóticos, distintos de los espacios europeos. Todo esto lo proporciona la América recientemente independizada. De ahí la enorme cantidad de expediciones y viajes que los europeos organizan para llegar al Nuevo Mundo. Ya no interesa tanto el conocimiento exacto de la flora, fauna o geografía de las nuevas regiones, motivación propia de los hombres del siglo XVIII, sino la belleza natural, el clima, la gente y las costumbres del Nuevo Mundo, que colma la nostalgia de pureza, el deseo de evasión hacia lugares remotos y distintos que se adueña de estos espíritus. Llegan entonces los artistas viajeros: personajes arrojados, aventureros, de espíritu vivaz, a la vez cronista y dibujante, reportero y pintor. Se convierten, para los países americanos, en agentes importantes de desarrollo cultural e introductores de nuevas ideas, usos y formas de vida que asimilarán las clases pudientes. Entre 1820 y 1850 llega a Chile un grupo de más de cincuenta pintores y dibujantes interesados en plasmar en sus obras los paisajes, gentes y costumbres del país. Misiones científicas como las de Charles Darwin, Alexander von Humboldt, Claude Gay o Ignacio Domeyko, exploran el territorio. Algunos cronistas como Samuel Haigh, Edward Poeppig o Mary Graham fijan literariamente la imagen chilena. Con estos antecedentes los chilenos más cultos se sienten motivados por la plástica y la literatura. Surge así la Academia de Pintura y, posteriormente, se dicta en ella cátedra de escultura y arquitectura. Se inicia también el Movimiento literario de 1842, amparado por el prestigioso intelectual Andrés Bello.

Durante la primera mitad del siglo, la escultura no destaca en el panorama plástico chileno. No hay escultores importantes que visiten el país; esta manifestación artística continúa con las técnicas y modelos religiosos coloniales.

Chile en la tela de los europeos

Del grupo de artistas franceses, que es el más numeroso y el primero en arribar a Chile, destaca Raimundo A. Quinsac Monvoisin (1790-1870), quien lleva a la tela el rostro de la elite intelectual y adinerada de la época romántica. Con Monvoisin se impone en Chile un nuevo tipo de retrato, de factura correcta y formal, refinado y europeizante, muy distinto al que había predominado hasta entonces por influencia de los anónimos retratistas quiteños y de Gil de Castro. De los alemanes, destaca Juan Mauricio Rugendas (1802-1858), uno de los más acabados arquetipos del artista romántico que da a luz la Europa de comienzos del siglo XIX. Rugendas se deslumbra con los paisajes y pueblos de América. Es en Chile el gran descubridor de las costumbres populares. En sus telas está presente el agreste paisaje natural, los pintorescos usos de la gente de campo, sus fiestas y escenas típicas. Otro alemán, arquetipo de la idiosincrasia romántica, es Karl Alexander Simon (1805-1852). Dentro de la corriente naturalista de renovación del paisaje inglés se enmarcan las personalidades de Charles Wood (1793-1856) y John Searle (1783-1837), pintores aficionados que llegan a Chile en los primeros años de vida republicana.

La Academia de Pintura

Fue fundada a mediados del siglo XIX y vino a centralizar y oficializar la enseñanza del arte en Chile. El mismo año de su inauguración, 1849, se crea la clase de arquitectura a cargo del prestigioso especialista Francois Brunet Debaines y cinco años después se inicia la clase de ornamentación y escultura bajo la dirección de otro artista francés, el escultor Augusto François. Siguiendo las normas de la enseñanza académica europea, la docencia del plantel chileno fue rígida y tradicionalista y su principal meta fue formar artistas plásticos capaces de narrar asuntos religiosos, mitológicos, históricos y literarios, con fidelidad y precisión. Con la fundación de la Academia todas las iniciativas artísticas comienzan a realizarse en forma más dirigida. Pronto surge una generación de pintores chilenos que reemplazará a los extranjeros como protagonista del quehacer artístico del país.

Los primeros pintores chilenos

El ejemplo de los precursores europeos sirve de impulso y despierta entre los jóvenes chilenos algunas vocaciones artísticas. Al promediar el siglo XIX, surgen los primeros pintores propiamente chilenos. Su mérito estético es menguado y sólo destacan Manuel Ramírez Rosales (1804-1877), quien mejor recoge los ideales románticos introducidos en Chile por los precursores con obras como El molino, Sátiro y bacantes, Volcán Vesubio, etc.; Francisco Javier Mandiola Campos (1820-1900), pintor de retratos, que puede ser considerado el más fiel y aventajado discípulo de Monvoisin, aunque también estudia en el Instituto Nacional y en la Academia de Pintura con su fundador y primer director, Alejandro Cicarelli, y Manuel Antonio Caro (1835- 1904), pintor de costumbres, de preferencia urbanas. Su obra más famosa es La Zamacueca, obra en la que recoge con exactitud la peculiar animación y el colorido de las fiestas tradicionales chilenas.

Hacia 1880 surge una generación de pintores que permanecerá activa hasta 1925, aproximadamente. Sus miembros realizan una pintura espontánea, en la que traducen las peculiaridades del país y de su gente. Recogen la fisonomía del Chile de entonces, el refinado y europeizante de las clases acomodadas pero también la clase campesina y popular. El intercambio de ida y vuelta con Europa, en particular con Francia, estimula e intensifica esta influencia, ya que casi todos estos artistas se forman en París. Las dos grandes fuerzas artísticas contrapuestas -tradición y renovación- que agitan el ambiente plástico francés durante casi todo este siglo se reproducen en la trayectoria de los pintores chilenos del período. Estos comienzan -salvo Juan Francisco González- con una pintura ligada temática y técnicamente al clasicismo propio de la Academia, y evolucionan paulatinamente hacia el realismo, recogiendo también algunos influjos impresionistas.

Entre estos pintores se encuentran Onofre Jarpa (1849-1940), paisajista de modalidad personal, y Pedro Lira (1845-1912), que fue uno de los primeros críticos de arte chileno y su primer gran maestro, hombre de avasalladora personalidad que ha legado a Chile una relevante obra como pintor, crítico, maestro y difusor del arte. Ambos dejan discípulos y continuadores que mantienen el estilo que va de la Academia a los influjos impresionistas hasta los primeros años del siglo XX. También destacan Thomas Somerscales (1842-1927), marino inglés que se establece en Valparaíso y se transforma en el más destacado pintor del mar chileno y de las hazañas bélicas del siglo XIX, y un grupo de artistas constituido por los pintores diplomáticos: Alberto Orrego Luco (1854-1931), Ramón Subercaseaux (1854-1936) y José Tomás Errázuriz ((1856-1927). La obra de estos pintores versa especialmente sobre temas europeos. Alfredo Valenzuela Puelma (1856-1909) es un pintor solitario que marca la culminación de la corriente académica en la pintura chilena, y en cuanto al ya mencionado Juan Francisco González (1853-1933), de gran e innovador talento, incorpora en la pintura de su país los nuevos estilos del impresionismo a través de una temática profundamente arraigada en las costumbres chilenas. Finalmente, cabe destacar a Pablo Burchard (1873-1964), pintor en quien se produce la transición hacia la pintura del siglo XX. De sus cuadros brota la poesía de las cosas humildes, captadas en su forma esencial y cromática más depurada. Es éste el secreto de su arte. Realiza una obra de gran actualidad, en consonancia con las tendencias que en Europa hacían triunfar la "pintura pura", es decir, aquella cuya poesía y expresividad brotan directamente de los colores, de la forma de pintar, de la materia pictórica misma. La modernidad de este artista inicia una nueva etapa en la pintura chilena.

Escultura

La escultura realizada en Chile durante la primera mitad del siglo XIX permanece aún ligada a la anónima tradición imaginera colonial y no se conocen los nombres de artistas ni obras importantes. Las enseñanzas de Auguste François comienzan a dar frutos hacia 1870 cuando surgen los primeros escultores chilenos, quienes conciben cada obra como un objeto único y original. Se desliga, así, de la finalidad religiosa y de la ejecución artesanal propias de la imaginería hispanoamericana. La enseñanza se imparte desde entonces, junto a la Academia de Pintura, en el edificio de la Universidad. En la sección de estatuaria se autoriza por primera vez el estudio del desnudo con modelo vivo. A diferencia de la pintura, cuya práctica es rápida y no requiere casi de infraestructura especial o de grandes medios materiales o económicos, lo que permite su ejercicio por afición, la escultura necesita recursos, instalaciones y cierto profesionalismo. Las características de su técnica, sus métodos de trabajo, temas y destino hacen de esta práctica una profesión dura, sacrificada, que exige fatigosas sesiones de trabajo frente al modelo vivo, con el yeso y la arcilla preparatorios y después, sólo si el gobierno o algún acaudalado particular se interesan por la obra, ésta puede ser modelada en el material definitivo: mármol, piedra, bronce o hierro. Por estas causas, tuvo un desarrollo más lento que la pintura y el número de escultores es mínimo.

Estéticamente estuvo más ligada que la pintura a los postulados y modelos de la escultura académica europea. Combina variados estilos: antigüedad grecorromana, clasicismo renacentista, barroco, romanticismo y profundo realismo social. La mayor parte de estos escultores es de extracción humilde y mueren, a pesar del talento o la fama, pobres y olvidados. Los más destacados de ellos son: José Miguel Blanco (1839-1897) y Nicanor Plaza (1844-1919). Son estos los primeros chilenos con talento que se distinguen como escultores en la primera mitad del siglo XIX y los forjadores de la escultura como un oficio artístico. Bajo su orientación se forma una generación muy fructífera y de gran calidad. Plaza fue el primer maestro de escultura chileno y a él se debe la conocida imagen de Caupolicán que corona el cerro Santa Lucía en Santiago. Virginio Arias (1855-1941), discípulo de Plaza, en él se plasman las inquietudes chilenas de fines de siglo. En 1910 fue director de la Escuela de Bellas Artes y Profesor de Escultura Superior del mismo plantel. Reorganiza esta escuela, que entonces funcionaba en un estrecho e inadecuado local, le confiere un ambiente de estudio y disciplina, e impone a la formación escultórica un sentido riguroso y didáctico, dividiendo la Escuela en dos secciones, una de arte puro y otra de arte aplicado. Crea también el curso de profesores de dibujo.

Aunque la escultura chilena había tratado algunos motivos en forma realista, principalmente las figuras humanas, Simón González (1859-1919) introduce en Chile el realismo de tinte social que por entonces en Europa despertaba eco artístico en círculos académicos. Rebeca Matte (1875-1929), alcanza notable dominio del oficio y una gran intensidad expresiva propia del realismo. Fue una excepción respecto a su origen social pues su situación acomodada le permitió crear sin las dificultades que afectaron a sus compañeros de oficio. El hombre enfrentado a un destino incierto y angustioso es el tema y la motivación casi exclusiva de esta notable escultora chilena. Guillermo Córdova (1869-1936) fue un escultor con multiplicidad de registros, aunque mostró especial predilección por el arte monumental. Fue también diestro ilustrador de la historia de su patria a través de sus dibujos en El lector americano y en otros textos de enseñanza primaria y secundaria. Estos artistas -entre otros- orientan su creación hacia una estética académica, con matices y notas realistas que domina en París hacia fines de siglo.

Arte republicano: el siglo XX

La pasada centuria está marcada por la complejidad, las contradicciones y cambios, el vertiginoso desarrollo técnico y los postulados científicos que trastornan radicalmente las anteriores concepciones de mundo. Hay un auge de las comunicaciones y nuevas clases sociales que acceden al terreno político, económico y cultural. En este escenario, el arte no podía permanecer inalterable e inmóvil. Los avances técnicos aplicados al perfeccionamiento de la máquina demostraron que, en el campo material, ésta podía aventajar a la naturaleza en rendimiento y aún transformarla radicalmente. Desde entonces, la naturaleza pierde su prestigio como fuente de inspiración y el arte se embarca en la exploración de las nuevas realidades. Obedece, por un lado, a la lógica, a lo consciente, a la razón; y por otro, al inconsciente, al irracionalismo. En lo contemporáneo, estas dos tendencias se polarizan y aparecen como diametralmente opuestas nutriendo a los estilos artísticos que se suceden vertiginosamente uno tras otro. Sólo los une su posición de ruptura radical con la tradición, su violento rechazo al realismo. En Chile, el romanticismo y el realismo decimonónicos de origen francés, que habían sustentado la mayor parte de la plástica, la arquitectura y aún las letras del período anterior, empiezan a ser considerados por los intelectuales más agudos como un arte del pretérito, que no correspondía a la nueva realidad. Sin embargo, a nivel oficial, el eclecticismo de estilos y el afrancesamiento están aún vigentes, como evidencia la esplendorosa celebración del Centenario de la Independencia con la inauguración del Museo de Bellas Artes, el 18 de septiembre de 1910. Este edificio es el símbolo cultural y el fin de un época para Chile. Exposiciones artísticas extranjeras y chilenas consagran entonces el arte tradicional pero muestran a la vez los talentos nacionales, lo que despierta un sentimiento de cohesión y de interés por preservar los valores patrios.

Un sector del país vive la Belle Époque que llega de Francia. El lujo, las fiestas esplendorosas, la euforia del primer automóvil, las construcciones suntuosas, la elegancia sinuosa y decadente de la moda y la decoración parecen iniciar un período promisorio para Chile. Pero a ese optimismo, a esa fe en el progreso de algunos sectores, se oponen el desencanto y los agudos problemas de otros. El pesimismo que estremece Europa a raíz del estallido de la Primera Guerra Mundial significa el fin del frenesí y contribuye a configurar en los países de América una nueva modalidad de pensamiento y estimula en los campos del arte y de la cultura el afán de cambio y de ruptura con la tradición.

Con estas nuevas inquietudes espirituales surgen en el país pequeños grupos artísticos y cenáculos literarios, cuyos miembros se reúnen espontáneamente, sin respaldo, animados por el profundo deseo de encontrar un arte nuevo, enraizado en lo nacional y despojado de influencias extranjeras. Quieren cultivarlo con libertad natural, sin normas ni postulados estéticos previos, como un modo de vida. El arte deja de ser patrimonio de una elite o de constituir una simple afición individual y se transforma en un quehacer profesional compartido, lo que lleva a la formación de grupos de artistas con inquietudes comunes.

En el campo de la pintura, el primero de estos grupos con ideales estéticos definidos es la llamada Generación del 13, conjunto de artistas provenientes de la clase media cuyo nombre deriva de su primera muestra colectiva, realizada en la Sala de Exposiciones del diario El Mercurio el año 1913. Tienen una fuerte afinidad espiritual, lo que da coherencia y singularidad a su creación como grupo. Sus principales temas plásticos son las costumbres, caracteres e identidad de las clases populares y del paisaje autóctono. Un estilo triste y melancólico caracteriza sus obras, en las que predominan los tonos lóbregos. Con este grupo se delinea definitivamente en Chile el tipo humano del pintor bohemio, pobre y melancólico, dedicado al arte en cuerpo y alma. Los principales representantes de esta generación son Agustín Abarca (1882-1953), Arturo Gordon (1883-1944), Abelardo Bustamante (1888-1934), Exequiel Plaza (1892-1946), Pedro Luna (1896-1956).

Un segundo momento artístico, de orientaciones estéticas muy diversas, actualiza el panorama de la pintura chilena. Su maestro espiritual es Juan Francisco González, el estilo es el de la pintura francesa de vanguardia. Como símbolo de rebeldía y de su filiación estética se autobautizaron Grupo Montparnasse. Reivindican el papel de la razón en el arte, abogan por la importancia de la forma simple, del volumen esencial y se oponen a la disolución formal propia del Impresionismo. Se interesan por el enfoque racional con que el Cubismo aborda el traslado al lienzo de los diferentes temas, se entusiasman con la pincelada gruesa, rápida y cargada de pasta, que acusa la libertad de expresión. Los pintores destacados de este grupo son: Manuel (1887-1946) y Julio Ortiz de Zárate (1885-1946), Augusto Eguiluz (1893-1969), Camilo Mori (1896-1973), Luis Vargas Rosas (1897-1977) y Enriqueta Petit (1900-1984).

Estrechamente unido al grupo anterior está el conocido como Generación del 28, que se forma bajo los ideales de la pintura francesa y prolonga el afán rupturista del grupo anterior. Algunos de estos artistas son Héctor Cáceres (1897-1980), Armando Lira (1900-1959), Ana Cortés (1903) e Inés Puyo (1906).

La llamada Generación del 40 marca otra etapa de la pintura, aunque no muestra fines de quiebre radical con los movimientos anteriores. Durante estos años se observa una actitud revisionista frente a la historia y a la realidad contemporánea chilena, iniciada a comienzos de siglo por escritores, ensayistas y pintores, que en ciertos casos denota marcado interés por la actualización de valores autóctonos. Se difunde también el estudio del arte chileno. Se forman numerosas colecciones privadas, entre las que destacan las de Luis Alvarez Urquieta y Julio Vásquez Cortés, que posteriormente pasan a formar parte del patrimonio del Museo Nacional de Bellas Artes y de la Pinacoteca de la Universidad de Concepción respectivamente. Esta generación corresponde a los pintores que definen su estilo hacia 1940. Incluye a los artistas nacidos entre 1909 y 1930 que siguen la ruta de la Generación del 28 y decantan sus búsquedas aplicándolas al paisaje, retratos y temas característicos chilenos mediante el uso libre del color. Los más destacados son Israel Roa (1909), Carlos Pedraza (1913), Sergio Montecino (1916) y Ximena Cristi (1920). Estilísticamente se vincula a ellos Arturo Pacheco Altamirano (1903-1978), entre otros.

En 1929 se crea la Facultad de Bellas Artes en reemplazo de la antigua Escuela, a la que se han sumado la Escuela de Artes Aplicadas y el Conservatorio Nacional de Música. Aumenta el interés y las vocaciones artísticas. Se realizan continuamente exhibiciones de pintores, escultores, fotógrafos y especialistas en artes aplicadas. La Facultad cuenta con un órgano de expresión propio, la Revista del Arte. Hacia la década de los años 40 se crean el Instituto de Extensión Musical, la Orquesta Sinfónica, la Escuela de Danza, el Ballet Nacional y el Teatro Experimental. Corren vientos de cambio. La capital se transforma en una ciudad moderna. Se levantan construcciones nuevas y son demolidas las antiguas. Por influencia de la arquitectura norteamericana, de Le Corbusier y de los planteamientos de la Bauhaus, los arquitectos diseñan grandes edificios liberados de adornos que marcan una reacción contra el afán historicista y decorativo del siglo XIX. Sus reglas son ahora simplicidad, economía y funcionalismo, y siguen el mismo proceso de depuración que se advierte en la plástica.

Arquitectura

En el primer cuarto de siglo hay una mezcla de tradición e innovación. Por una parte, persiste la influencia francesa entre los arquitectos chilenos, entre los que destacan Alberto Cruz Montt, creador del Palacio Irarrázabal (1906-1911), el Palacio Ariztía (1917) y el Club de La Unión (1917-1925) y Miguel Angel de la Cruz, autor del armonioso conjunto de mansiones que enfrentan el Teatro Municipal (1901-1904).

La Biblioteca Nacional es el más importante edificio de este período, y representa la culminación del Beaux Arts santiaguino, su autor fue Gustavo García Postigo, quien se impuso a los arquitectos Emilio Doyére y Emilio Jecquier para la realización de la obra. El edificio se inició en 1914 y su inauguración tuvo lugar en 1924. Construido en dos niveles, más zócalo, tiene una planta rectangular que incluye hacia el oriente el ala destinada al Museo Histórico Nacional, inaugurado en 1926. Con la entrega del cuerpo de la calle Moneda, en el año 1963, se dio término al actual edificio, que ocupa con su jardín la superficie de una manzana. Desde sus cimientos, este edificio está construido en hormigón armado. Estructuras metálicas arman las cúpulas, las lucernarias vidriadas y la techumbre. La cubierta es de hierro galvanizado. Por otra parte, aparece la modernidad arquitectónica.

Los nuevos estilos

En la década de los años 20 se empieza a difundir un nuevo pensamiento arquitectónico que tiene como fin la recuperación de lo americano y la búsqueda de una identidad nacional. El nuevo estilo se encuentra en la obra de Luciano Kulcezewky, influido directamente por el Art Nouveau; en Ricardo Larraín Bravo; y en Ricardo González Cortés, que se acerca al Art Decó americano de los años 20 y 30, si bien utiliza decoraciones mapuches para reforzar el sentido americanista de su arquitectura.

Al finalizar la década de los 30 van a ocurrir algunos sucesos decisivos para el desarrollo de una arquitectura moderna en Chile, el terremoto de Chillán en 1939, el programa de modernización del gobierno de Pedro Aguirre Cerda y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Estos sucesos van a influir directamente en el diseño de una nueva política de gobierno respecto de la arquitectura, situación que se refleja en el apoyo institucional expresado en la construcción de obras públicas de importancia. Por otra parte, esta década tiene una importancia fundamental ya que se considera una transición que combina los diferentes enfoques arquitectónicos de un período en gestación y otros en decadencia, como el Art Nouveau, Art Déco, Colonial y Racionalismo. La nueva arquitectura en Chile comienza a perfilarse en la imagen de los nuevos barrios de la década de los 40. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial se marca el inicio de una nueva etapa en la que la influencia norteamericana va a ser la característica fundamental.

Algunas obras del período 1920-1950

A comienzos de la década de los 40 se dio inicio a la construcción del mayor complejo deportivo del país, el Estadio Nacional. Para tal efecto fueron contratados los servicios profesionales de los arquitectos Ricardo Müller, Aníbal Fuentealba, y Roberto Cormatches. El estadio empezó a ser levantado en el sector de las calles Campos de Deporte con avenida Grecia, en la comuna de Ñuñoa, en Santiago. En el momento de su inauguración, el estadio contaba con una capacidad de 52.000 asientos, cantidad que fue aumentada con motivo del mundial del 62 en 30.000 aposentadurías extra. Desde el punto de vista formal, el edificio tiene algunas referencias Déco, que se manifiestan en los elementos decorativos de remate, especialmente en la notable marquesina en la tribuna, en la localización de elementos escultóricos, y en los machones y losetas de acceso y boleterías.

La Caja de Amortización y el Banco del Estado, ubicados en las calles Alameda y Bandera de la ciudad de Santiago, fueron obras del arquitecto Héctor Mardones, el más importante representante del racionalismo chileno. En el caso del edificio de la Caja de Amortización, construido en el año 1935, la fachada se presenta a la calle Bandera, como una pantalla plana y sobria de fenestración muy racional y equilibrada. Este sistema de ventanas se apoya en un zócalo de extraordinaria factura, construido en granito rosado traído de Argentina, e incorpora un acceso al edificio y una serie de lámparas de acabado diseño en acero inoxidable y cristal opaco. El Banco del Estado recurre a los mismos principios proyectuales. Por mucho tiempo fue considerado el edificio más grande de Sudamérica. El encargo fue producto de un concurso ganado en la década de los 40 por Mardones, sin embargo, la terminación del mismo se debe a los arquitectos Cruz y Munizaga. Es un edificio muy sutil que incorpora nuevos elementos a la sobriedad de la Caja de Amortización. En efecto, por tratarse de un edificio-esquina, ambas alas laterales, las correspondientes a la avenida Alameda y a la calle Bandera son tratadas con gran racionalismo y sobriedad, sobre la base del trabajo repetitivo de ventanas cuadradas.

El triunfo de la modernidad

La consolidación de la arquitectura moderna en Chile se basa en los cambios culturales de la posguerra mundial. La idea de progreso y desarrollo ilimitados, la influencia del cine, la música y la literatura y, sobre todo, la cultura norteamericana, son el marco de referencia. A fines de los años 40 las nuevas generaciones de arquitectos emprenden su acción profesional. Este hecho tendrá una importancia fundamental, ya que produce la masificación de los principios modernistas.

La venida a Chile de Josep Albert en 1953, para dictar un curso de práctica en la Universidad Católica marca un hito en la influencia de la Bauhaus, y constituye un paso importante en la internalización de imágenes abstractas en los edificios. Importancia significativa tiene también Enrique Gebhard, influido fuertemente por la nueva arquitectura brasileña; Mauricio Despoui, uno de los pioneros de la arquitectura moderna en Chile; Ventura Galván, materializador del purismo mesiánico y Juan Martínez y sus seguidores.

Proyectos como el edificio Plaza de Armas, donde se plantea por primera vez la descomposición de la manzana en el corazón de la ciudad histórica, la unidad vecinal Portales y la población Chinchorro en Arica son el resultado de una propuesta radical con un alto grado de utopía frente a la ciudad. La gran escala de estas propuestas urbanas trae como consecuencia el desarrollo de complejas estructuras administrativas para permitir su realización, y así dar respuesta a los urgentes problemas de vivienda.

De este período datan las leyes de fomento a la vivienda y el desarrollo de grandes empresas constructoras. Los principios modernos son aceptados definitivamente por los arquitectos chilenos, y a fines de siglo el canon posmoderno, como en casi todas partes, tiene aplicación cotidiana.

Obras relevantes

Hay una importante huella constructiva dejada en Chile por esta generación de arquitectos. Entre sus obras destacan:

Universidad Técnica del Estado: Complejo universitario diseñado en 1957 por la oficina de Bresciani, Valdés, Castillo y Huidobro, que tuvo una importante significación en el medio nacional. Su vanguardista propuesta arquitectónica se plasmó en edificios tan importantes para la época como las Torres de Tajamar, la unidad vecinal Portales y el casino de Arica, obras que propusieron una nueva propuesta conceptual y formal en arquitectura. Inspirados en los principios del modernismo y del International Style, supieron imprimir a sus construcciones un gran espíritu de identidad al regionalizar sus propuestas y usar con imaginación y habilidad los materiales. El proyecto de la Universidad Técnica del Estado, es parte de este listado de obras señeras. Este complejo se realiza en un eje longitudinal que va de sur a norte, que parte de un volumen frontal de tres pisos, la cara formal de la Universidad, y se remata en un área que estaba destinada a la habitación de profesores y alumnos.

Escuela Naval Arturo Prat: El edificio se encuentra en la ciudad de Valparaíso, y fue el resultado de un concurso de proyectos realizado en 1957. Trata de aprovechar las condiciones del sitio desarrollando los edificios junto al mar, ordenándolos en torno a un gran patio de honor que tiene como fondo el gran volumen de las habitaciones de cadetes. El edificio de la Escuela Naval representa una visión retrospectiva de la historia de la arquitectura nacional.

Remodelación San Borja de Santiago: Es el paradigma del movimiento moderno en Chile y en particular de los planteamientos de la Carta de Atenas, documento suscrito en la década de los 40 por los arquitectos de la vanguardia europea. La Carta de Atenas fue el resultado de uno de los congresos del CIAM (Congreso Internacional de Arquitectura Moderna), que concluyó con un manifiesto que fijó una normativa para interpretar y proyectar la ciudad; en él lo fundamental es su zonificación, la separación del vehículo y el peatón y el aislamiento del volumen edificado. Tenemos así un conjunto de torres de veinte pisos de altura, cuya relación responde a factores de asolidamientos y vistas, con una conexión interna que se resuelve mediante un sistema peatonal de circulaciones y plazas; los vehículos han sido separados del peatón y mediante pasos bajo niveles subterráneos los automóviles acceden y evacuan el área.

Torre Entel: Diseñada por Carlos Alberto Cruz, Jorge Larraín y Ricardo Labarca. En 1969 la Empresa Nacional de Telecomunicaciones S.A encomendó a este equipo el diseño de la torre-antena y las oficinas para los funcionarios de Entel. El proyecto se localiza en la avenida Bernardo O’Higgins esquina San Martín, en Santiago, y su partido general se basa en una plaza conformada por un edificio en L, en el que el ala norte es de mayor altura con catorce pisos de oficinas; en su lado opuesto se localiza la torre, que por su expresión y altura se ha transformado en un hito de la ciudad.

Edificio UNCTAD: En el año 1971, durante el gobierno de Salvador Allende y a raíz de haber sido elegido Chile como sede para la Tercera Conferencia Mundial de Desarrollo y Comercio de las Naciones Unidas, el Ministerio de Relaciones Exteriores se abocó al trabajo de organizar dicha reunión. Al no contar con disponibilidad física en edificios existentes, se tomó la decisión de construir uno ad hoc. Se preparó un programa definitivo a fines de 1971 y en paralelo se organizó un equipo de profesionales que desarrollaran en tiempo récord este edificio, de aproximadamente 39 mil metros cuadrados, repartidos en veinticuatro mil en una placa y quince mil en una torre. En la placa se localizan las salas de conferencias.

Torre de Santa María: Este proyecto fue planteado como una operación inmobiliaria por el grupo económico liderado por el banco BHC. En la década de los añso 70, los arquitectos Carlos Alberto Cruz, J. M. Figueroa y J. Claude, asociados con Alemparte y Barreda, son comisionados para desarrollar un hito local urbano a la manera de las torres gemelas de Nueva York (destruidas en ataque terrorista el 11 de septiembre de 2001). Sin embargo, en esta versión local solo se levanta un edificio sobre un sistema de terrazas, estacionamientos y jardines, con el cerro San Cristóbal de telón de fondo.

Edificio C.T.C (Compañía de Teléfonos de Chile o Telefónica): Obra de los arquitectos Mario Paredes, Luis Corvalán, Jorge Iglesias y Leopoldo Prat, tiene treinta y tres pisos, con aproximadamente ciento treinta y dos metros de altura y sesenta mil metros cuadrados de superficie edificada. Su construcción se inició en 1993 y se terminó dos años más tarde. Está provisto de todas las tecnologías de avanzada disponibles en el mundo, con climatización artificial centralizada, sistema de control de energía según demanda, detección y extinción de incendios, control de ingreso e instrucción, circuito de TV, etc.

Edificio Consorcio Vida: Diseñado por los arquitectos Enrique Browne y Borja García Huidobro, el proyecto contempla dos volúmenes longitudinales que conforman una larga galería que contiene los accesos. Un cuerpo tiene tres niveles y ordena el terreno por oriente, único lado con vecinos. El cuerpo principal tiene dieciséis niveles y unos setenta y cinco metros de largo. El volumen principal se curva en su fachada poniente para alinearse con la avenida el Bosque norte y Tobalaba. El ángulo agudo que se produce sirve de inicio o remate simbólico de avenida el Bosque. Para realzar el acceso de la avenida Apoquindo, el edificio se curva también levemente en su extremo.

World Trade Center: Diseñado por los arquitectos Daniel Alamos y Sergio Amunátegui pertenece a una red de más de 200 WTC existentes en 80 países del mundo, organización fundada en el año 1968 dedicada a unificar al comercio exterior de entes privados y gubernamentales. La unidad de los edificios se dirige a prestar los servicios necesarios en el desarrollo de estas actividades. El edificio es una unidad horizontal con un largo de ciento cuareta y cinco metros por una altura de sesenta y siete metros, lo que equivale a veintidós pisos; está ubicado paralelo al canal San Carlos y perpendicular al río Mapocho, entre las calles Vitacura y Costanera.

Pintura

El arte pictórico en Chile ha seguido en general las líneas internacionales, pero ha manifestado siempre la búsqueda de formas de expresión surgidas del contacto con lo local.

Muralismo mexicano y pintura social

En las primeras décadas del siglo XX, un pequeño grupo, contemporáneo a la Generación del 40, se vuelca, dentro de las búsquedas autóctonas, hacia el camino abierto por el muralismo mexicano que representaban Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros. Se oponen a la pintura de tipo europeo y preconizan un retorno al realismo, asequible a la comprensión popular. Pintan en grandes muros de edificios públicos escenas de las costumbres del pueblo, con colores brillantes, formas amplias y dibujo preciso. El mismo Siqueiros pinta un mural en la Escuela de México de la ciudad de Chillán y otro muralista mexicano, Jorge González Camarena, decora el acceso de la Casa de Arte de la Universidad de Concepción con un enorme fresco, titulado Presencia de América Latina. En Chile, los representantes de este estilo pictórico son Gregorio de la Fuente (1910), Pedro Olmos (1911), Pedro Lobos (1918-1968), José Venturelli (1923), Julio Escámez (1926).

Surrealismo y abstracción

La plástica chilena se incorpora después al rupturismo contemporáneo y se bifurca en varias tendencias de trayectoria paralela, a veces también entrecruzadas. La atracción que despiertan las innovaciones y la experimentación, la proliferación de ismos y movimientos de diverso tipo, complica el panorama de las artes plásticas chilenas a partir de los años 40. Con Roberto Matta (1911) se inicia el contacto de los pintores chilenos con las más avanzadas tendencias internacionales. Surrealismo no figurativo y expresionismo abstracto son incorporados por él en su obra artística. Es contemporáneo, por edad, a la generación del 40, pero no existe algo que lo una a este grupo. En sus cuadros se despliega el espacio sideral, con luces inquietantes y movimientos cataclísmicos.

Otros pintores destacan por una obra con características muy personales. Entre ellos cabe citar a Mario Carreño (1913), que nace en Cuba pero, tras viajar a Chile, en 1967 se nacionaliza. No se vincula a la abstracción, sino que utiliza elementos figurativos claramente reconocibles, de formas depuradas, que combina de modo ilógico, y sitúa en paisajes desolados, quietos, fríos, lindando las esferas del sueño y la alucinación, y Nemesio Antúnez (1918-1996), cuyo tema central es la soledad del hombre contemporáneo. Antúnez, además de pintura de caballete, ha ejecutado grabados y murales -entre los que sobresale el del edificio de la ONU y los de los cines Huelén y Nilo en Santiago- Ha ilustrado también libros de Oscar Wilde, Neruda y Nicanor Parra. En su trayectoria plástica se suceden diversas etapas marcadas por el predominio de temas cuya reiteración dentro de ciertas variantes revela una profunda reflexión de parte del artista. Sus últimas obras versan sobre autopistas, camas, tangos y selvas. Inspirados en el surrealismo, estos pintores buscan la sensación de lo mágico, la ambigüedad, el absurdo, etc.

Otros artistas siguen con fidelidad los postulados del neoplasticismo: Ramón Vergara Grez (1923) y un grupo de seguidores cultivan el geometrismo abstracto. Son pintores nacidos en la tercera década del siglo y manifiestan un acercamiento a temas sociales, no ya a través de rasgos vernáculos, sino mediante la directa expresividad de la materia pictórica. Entre ellos han sobresalido José Balmes (1927), Gracia Barrios (1927), Eduardo Martínez Bonatti (1930), Alberto Pérez (1926) y Roser Bru (1923) quienes reformulan las técnicas del informalismo y las aplican a la expresión de la inquietud social que experimenta Chile a partir de los años 60.

Panorama actual

Cabe mencionar aquí los pintores más jóvenes, aquellos que ejercen su influencia de 1980 en adelante y que se valen, en su labor artística, de los elementos propios del tiempo: electrónica, desechos de la sociedad de plástico, conquistas científicas, rebeldía juvenil, pesadumbre y euforia. Esta pintura es pluralista en formas y estilos, hay una fuerte evasión conceptual donde se promueve el juego libre más que el establecimiento de principios, la espontaneidad más que la concentración intelectual. Las artes visuales de nuestros días se mueven en los polos más opuestos. El cambio y el contraste caracterizan las más recientes experiencias plásticas. Por eso entusiasma la vehemencia de la improvisación valiente, la ansiedad tremenda que demuestran las pinturas, los impulsivos gestos de energía desbordante, con dinámico golpe de pincel que se deja llevar por estímulos salidos del corazón. La mancha dislocada que cubre la tela en blanco deja partes sin tocar. Recurren a formales desenfados y a una frenética pasión plástica y emergen potentes las narraciones irónicas, las ventanas indiscretas y los colores polémicos. Destacan de este grupo Samy Benmayor (1956), Carlos Maturana (Bororo) (1953), Patricio de la O (1946), Pinto D'Aguiar, Francisco Smythe (1952), Eugenio Tellez (1939), Gonzalo Cienfuegos y Concepción Balmes (1957).

Escultura

En el siglo XX, este arte se ha caracterizado por ser casi siempre más tradicionalista que la pintura. A principios de la centuria, esta expresión artística está marcada por el ascendiente de los maestros decimonónicos. Hacia la década de los años 20, hay un cierto aire renovador en relación a los grupos pictóricos de Montparnasse y a la Generación del 28. Sólo algunos escultores como Abelardo Bustamante (1888-1934), Tótila Albert (1892-1967), José Perotti (1898-1956), Lorenzo Domínguez (1901-1963); Laura Rodig (1901-1972) y Samuel Román (1907), se desligan de los ideales académicos del ochocientos. Junto a ellos, desarrolla su obra un grupo de profesionales y aficionados que trabajan bajo el estímulo del realismo académico que aún en Europa, hacia 1930, satisfacía ciertos encargos oficiales. Sin embargo, la labor de los pioneros de la renovación produce frutos a mediados del siglo XX con una generación que incorpora este arte a las manifestaciones internacionales de su momento. Alcanzan su madurez artística entre los años 40 y 60. Algunos de estos artistas -en particular Lily Garafulic y Marta Colvin- interpretan con un lenguaje personal las tendencias europeas y norteamericanas y contribuyen a actualizar las formas. Las fuerzas telúricas de la tierra virgen, las formas inmutables del arte prehispánico, la intrincada simbología de los mitos, la vida natural intocada, son descubiertos como fuente de inspiración rica y sugerente, propiamente americana y chilena. Algunos de ellos son Lily Garafulic (1914), María Fuentealba (1914) y Marta Colvin (1915). Por último, cabe destacar algunos artistas de este género que sobresalen entre los años 50 y 60: Sergio Mallol (1922-1973), Abraham Freifeld (1922), Claudio Girola (1922), Jaime Antúnez (1923), Sergio Castillo (1925), Rosa (1925) y Teresa Vicuña (1927), Juan Egenau (1927) o Federico Assler (1929), entre otros.

Bibliografía

  • MONTECINO M, Sergio. Entre músicos y pintores. (Editorial Amadeus, 1985).

AMENÁBAR, Isabel Cruz de. ARTE "Historia de la pintura y escultura en Chile desde la Colonia al siglo XX, (Colección Biblioteca Antártica), (Editorial Antártica, 1998).

A. Viera / R. Salinas

Autor

  • A. Viera / R. Salinas