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Chile: Música.

La historia musical del continente americano se remonta a muchos siglos antes de la llegada de los europeos. Las culturas indígenas de todo el continente dejaron huellas indelebles en el acontecer musical autóctono, algunas de las cuales han llegado hasta nuestros días. En Chile, antes de que la dominación incásica se extendiera por el sur hasta los márgenes del río Maule, los indígenas habían desarrollado sus propias fórmulas melódicas, comparables a las de otras culturas contemporáneas de origen europeo o asiático. Esta circunstancia se comprueba por el número y variedad de instrumentos que se han encontrado en las excavaciones arqueológicas. El indígena no cuenta con una expresión meramente exhibicionista sino que utiliza esta manifestación artística para honrar a sus dioses. Es una expresión de su fe, sus temores y esperanzas.

La música autóctona.

En el caso de la Patagonia, es llamativa la riqueza musical nativa. Los cantos de los tehuelches, conservados por anotaciones de investigadores, estaban relacionados con temas vitales como el nacimiento, la muerte o las bodas, y eran muy simples, reiterativos y de métrica irregular. De los onas se conocen descripciones de canciones utilizadas para curar enfermos. El curandero cantaba con ritmo lúgubre y monótono palabras incomprensibles en un tono fuerte que iba en declinación. En la ceremonia secreta del kloketen, reservada sólo para hombres, se ejecutaban bailes fálicos. Entre los alacalufes, el repertorio está estrechamente ligado a ceremonias rituales y a actividades cotidianas. Destacan cantos onomatopéyicos acompañados de mímica y pantomima, tales como cantos de pájaros para atraer la caza, canciones descriptivas o anecdóticas, de entretenimiento, de amor, burlescas y de cuna. Se caracterizan por el uso de sílabas sin significado, frecuentes interrupciones en la articulación de ciertas palabras y la ausencia de instrumentos musicales.

Para los yaganes, en cambio, el canto sirve de distracción y ahuyenta el Yetaite, espíritu maligno que, según sus creencias, es el enemigo encarnizado del cuerpo y la vida. El baile procura movimiento a los miembros rígidos del cuerpo por falta de ejercicio e impide o paraliza la acción del Yetaite. En sus ceremonias de iniciación, bailan en las horas avanzadas de la noche; los bailes se denominan según los animales que representan, y tienen por motivo principal la melodía, los movimientos y los caracteres de los animales que imitan.

El norte de Chile se divide, musicalmente, en tres grandes áreas. El área andina, que comprende desde el límite norte con Perú y Bolivia hasta el pueblo de San Pedro de Atacama, en Antofagasta; el área atacameña, que abarca desde el pueblo de San Pedro hasta la ciudad de Copiapó; y el área hispano-diaguita, desde Copiapó hasta las provincias de Aconcagua y Valparaíso, inclusive. En todas ellas, sin embargo, existe indistintamente costa, pampa, precordillera y cordillera, con grados de hispanización que difieren notablemente.

En el área andina, la música tiene singular importancia. Muchas personas tienen conocimientos musicales sistemáticos y es frecuente encontrar familias de músicos. Cada acontecimiento tiene su música, con lo utilitario y lo festivo íntimamente unidos, ya sea en Navidad, Carnaval, Semana Santa, la fiesta del Santo Patrono del poblado con ceremonias a la Pachamama (madre tierra), la siembra de papas, la marcación de ganado o cualquier otra. El canto es, en general, al unísono y colectivo responsorial, por lo que se alternan las melodías entre una y varias personas. La mujer utiliza un registro agudísimo para cantar. El ritmo, principalmente binario, tiene abundantes síncopas y el acompañamiento rítmico es el encargado de mantener un pulso constante sobre el cual se producen esquemas rítmicos más libres. La supervivencia incaica se refleja, principalmente, en el aspecto coreográfico, aunque hay interesantes reminiscencias de bailes cortesanos europeos, especialmente de la contradanza, donde los bailarines hacen cruces, banderas, estrellas y otras figuras similares. En el área atacameña sobrevive la música de los antiguos atacameños o lican-anti, pueblo que existía durante la conquista española. Su repertorio actual está asociado a ritos indígenas prehispánicos. Sistemáticamente usan melodías de tres notas organizadas en forma acorde, fenómeno que se conoce como trifonía, y que es común a muchas otras culturas aborígenes.

En el área hispano-diaguita se encuentran en plena vigencia manifestaciones musicales posteriores a la llegada de los españoles, tales como los bailes de chinos, danzantes y turbantes. Hay también danzas, lanchas, corrido, cueca y vals, junto a rondas y juegos infantiles, canciones de cuna y canto a lo poeta, glosa y tonada. La influencia hispana se encuentra en mayor medida en el texto que en lo danzado. Aquí los indígenas tenían un sistema melódico trifónico e instrumentos musicales confeccionados principalmente de piedra, madera o arcilla.

En el sur de Chile, el repertorio musical de los mapuches incluye canciones para voces solas o acompañadas de instrumentos. Existen canciones de trabajo, de cuna, juegos y cantos funerarios. Los cantos de machis ("curanderos") son también muy importantes. La unión de canto y danza se encuentra en ceremonias sagradas como el lepún, en rogativas o en ceremonias mágico-religiosas. También hay toques instrumentales con los que infundían pavor a sus enemigos u otros de carácter amoroso. La función medicinal que ejerce la música ha sido aprovechada en todas las culturas, entre ellas la mapuche. La encargada de ejercer esta función es la machi (generalmente de sexo femenino, aunque también pueden serlo los hombres). Por medio de melodías acompañadas de instrumentos autóctonos, especialmente los llamados kultrún, wada y kaskawillas o cascabeles, se realiza la sugestión hipnótica en el enfermo. Entre las ceremonias que mejor ejemplifican la función medicinal de la música y la danza que ejerce la machi se encuentra el machitún, que sirve tanto de plegaria como de ritmo mágico, de remedio natural y de rito terapéutico.

Algunos de los instrumentos musicales del pueblo mapuche anteriores a la conquista española que se conservan hoy son los silbatos, las pifilkas, las ocarinas y las flautas de Pan de tres a cuatro tubos. Como en casi todas las culturas aborígenes, el instrumento es considerado como poseedor de un contenido mágico propio, y algunos tienen carácter sagrado.

Las principales comunidades religiosas que llegaron a Chile en la época de la conquista fueron los mercedarios, franciscanos, dominicos y jesuitas. Si bien todos ellos utilizaron la música como medio de adoctrinamiento, fueron los jesuitas quienes realizaron la más importante labor musical en el país. El primero que utilizó música para evangelizar a los indígenas del sur de Chile fue el padre Luis de Valdivia, que aprendió la lengua de los indios para instruirlos en su propio idioma. A comienzos del siglo XVIII, los jesuitas tenían misiones en Buena Esperanza, Arauco, Purén, Chiloé, San José de la Mocha, Imperial, etc. Allí se han encontrado instrumentos musicales que reflejan la tarea de enseñanza efectuada por los misioneros. Por otra parte, el archipiélago de Chiloé estuvo en poder de los españoles hasta muchos años después de declarada la Independencia. La influencia hispana en las islas, por tanto, ha sido muy fuerte y se conserva con rasgos bien definidos hasta nuestros días. A la persistencia de las tradiciones provenientes de España ha contribuido su condición insular. Dedicado esencialmente a la agricultura y la pesca, el chilote es dado a largas emigraciones, especialmente a las regiones de Aysén y Magallanes, por lo que en esas latitudes australes predominan las expresiones musicales del archipiélago. En el siglo XVII, los religiosos jesuitas introdujeron cánticos sagrados que todavía hoy se escuchan. El repertorio musical jesuítico trascendió pronto de la capilla y la iglesia al hogar, a la calle, al barco. Asimismo, el adorno barroco, característico de la Compañía de Jesús, se hizo presente en los santos tallados, en las maderas policromadas y hasta en los textos cantados.

El duro clima chilote y el aislamiento producen una integración comunitaria que caracteriza a la población de Chiloé. Sus trabajos, sus fiestas y sus viviendas se animan, muchas veces, con canciones y danzas que alcanzan un vigor inusitado en relación con el resto del país.

Las festividades religiosas han motivado el repertorio musical más característico de esta zona. Devociones familiares e íntimas son muchas veces preparatorias de fiestas comunitarias, a las cuales se asiste en romería, surcando el mar en frágiles embarcaciones. Papel destacado ejercen en estas ocasiones las numerosas y bellas capillas o iglesias que existen diseminadas en las islas del extenso archipiélago, y que sirven, incluso, como referencias geográficas de distancia.

Finalmente, debemos señalar que los habitantes de la isla de Pascua están extraordinariamente dotados para la música. A pesar de ello, sus antiguas expresiones han pasado casi al olvido. La causa de esto se encuentra en el fuerte influjo polinésico y, aún más, en la música comercial internacional. En Pascua predomina la música vocal y la voz se utiliza, además, como un elemento rítmico sonoro. Se acompañan de golpes de mano, terreno en el que estas gentes han desarrollado una extraordinaria maestría, de guitarra y de acordeón. Antiguamente se utilizaba la mandíbula de equino disecada y un tambor de piedra que consistía en un hoyo grande hecho en el suelo cubierto con piedra laja, donde un cantante o danzante golpeaba con los pies desnudos al ritmo de la música.

Los cantos religiosos actuales que se utilizan en la Isla de Pascua o Rapanui, denominados himene, provienen principalmente de Tahití y del repertorio litúrgico del Chile continental. Según indica Ramón Campbell, el principal estudioso de la música de la isla de Pascua, se distinguen cuatro períodos en su evolución histórico-musical. El primero de ellos, que él denomina "de música antigua primitiva", abarca hasta la llegada del Hermano Eyraud; de este período son característicos los canotos de Aku-Aku, en los que se revivían, con cierto temor sobrenatural, los recuerdos de ciertos espíritus malignos, agresivos, festivos, ladrones y lascivos. El segundo período corresponde a la música antigua posterior a la llegada del cristianismo, que se prolonga aproximadamente hasta la Primera Guerra Mundial; en él, además de los cantos antiguos ya evolucionados, se agregaron los cantos de Hakakio (de agradecimiento), perdidos hace ya mucho tiempo. También forman parte de este período los cantos de Haipo-Ipo, cantos de matrimonio donde se manifestaba el sentimiento penoso de la separación de padres e hijos; los cantos de Ka-Hauru, que eran canciones de cuna; y, finalmente, los cantos de Himene, himnos con referencias a historias o leyendas de antiguos reyes o personajes famosos. Las danzas antiguas eran igualmente importantes, ya fueran rituales o ceremoniales, en distintas circunstancias cotidianas o para esparcimiento y distracción. El tercer período incluye la música moderna polinésica, que ha influido poderosamente en la isla de Pascua, en especial aquella proveniente de Tahití. Se han incorporado canciones y danzas tales como el hula tahitiano, el sau-sau, proveniente al parecer de Samoa, el tamuré y el vals tahitiano, a los que se agrega el llamado tango pascuense, que es una danza cadenciosa con ritmo cercano al fox-trot. El último período corresponde a la música comercial internacional llegada desde la apertura de la isla al turismo. De las danzas de origen polinésico tienen vigencia tan sólo el sau-sau, que por extensión ha pasado a practicarse en toda fiesta bailable, y el tamuré, danza tahitiana de rápidos movimientos de la pelvis, además del tango pascuense. La música comercial contemporánea amenaza con hacer pasar a la historia incluso aquellas expresiones musicales de origen polinésico, ya que de cantos y danzas antiguas apenas quedan el recuerdo y los estudios y grabaciones hechos por investigadores.

La música tradicional occidental.

Las ceremonias típicas de la colonia chilena fueron religiosas y estaban ligadas a la vida de la casa reinante. Todo acontecimiento significativo en el seno de la familia real daba ocasión a las ciudades para celebrarlo con festivales y regocijos públicos, en los que la música cumplía un papel de primer orden. La llegada a Chile de García Hurtado de Mendoza, después de la muerte de Pedro de Valdivia, primer gobernador, significó un importante aporte para el arte musical, pues trajo consigo una banda de pífanos, trompetas, tambores y chirimías. En 1557, este gobernador dispuso que participaran en la celebración de Corpus Christi en la ciudad de La Serena todos aquellos que tuvieran instrumentos musicales disponibles. En 1558 se festejó en Santiago la jura de Felipe II, donde se tocó música de metales y atambores.

El primer músico llegado a Chile habría sido el trompetero Juan Hermoso de Tejada, integrante de las huestes de Diego de Almagro, conquistador de este país, en 1536. Debe de haber sido un aficionado que ejecutaba los toques de guerra y entonaba sencillas canciones españolas. A su lado, alguien tocaba el tambor de ordenanza. El sochantre Cristóbal de Molina, profesor de clavicordio de Francisca Pizarro, la hija mestiza del conquistador, llegó también con Almagro.

La primera canción de que se tenga noticia en Chile fue Cata el lobo, doña Juanica, cata el lobo, tocada por el trompeta Alonso de Torres en 1547. En este período se encuentran pocos músicos de profesión y su escasez era tal que se llegó a admitir como directores de música a personas totalmente carentes de conocimientos musicales. Tal fue el caso de Fabián Ruiz de Aguilar, elegido chantre en 1558. Francisco Cabrera, cura y vicario de Valdivia en 1573, fue conocido como "diestro del canto y de muy buen ejemplo". Juan Blas, cantor, llegó a Chile en 1543. En la Catedral de Santiago, dos cantores yanaconas (indígenas que servían fuera de su territorio de origen), Juanillo y Diego, atendían el coro hacia 1579. Gabriel Villagra, hijo mestizo del General del mismo nombre, estaba en 1580 en la doctrina de las chacras que circundaban a Santiago. Servía de sochantre y tañía el órgano. Los pregoneros, al son de tambores y trompetas, debían dar lectura a los bandos y edictos destinados al conocimiento público. El primer pregonero que hubo en Santiago fue un esclavo negro llamado Domingo. Estos pregoneros, por lo general, no sabían leer; una persona colocada a su lado recitaba las palabras que ellos repetían de un modo inconsciente y automático, valiéndose de un insoportable sonsonete.

El Siglo XVII.

Durante los siglos XVII y XVIII, la musica peninsular española se hizo presente en todo el continente con gran uniformidad, afectando al repertorio musical del Reino de Chile, donde se practicaba la audición de música militar, la de oficios religiosos y aquella que resonaba en los momentos de entretenimiento del pueblo. Estas eran, en suma, las únicas oportunidades en que había música oficialmente. Sólo a fines del siglo XVIII se asomaron a los ambientes familiares y privados los acordes musicales que animaban tertulias y fiestas sociales.

Después de la conquista, el panorama musical chileno comienza a evolucionar. La música aborigen, la docta y la popular se desenvuelven separadamente. Es la Iglesia la que encabeza la inquietud musical, aunque el gusto espontáneo de los fieles muchas veces sobrepasa las reglas impuestas por ella. En las Catedrales de Santiago o Concepción, o en las más grandes iglesias de La Serena y Valdivia, se cantaba música gregoriana (véase canto gregoriano) y polifonía renacentista de las escuelas de Sevilla, Toledo y Roma. Los cabildos eclesiásticos eran los encargados de mantener un conjunto de músicos, cantantes e instrumentistas para que adornaran con decoro los oficios religiosos.

En las fiestas religiosas se unen los distintos tipos musicales, ya que no tienen sólo carácter religioso, sino también popular; no obstante, existían los "Sínodos Diocesanos" que se encargaban de vigilar que la música que se interpretaba en la iglesia no se apartara de los preceptos religiosos ni se volviera demasiado mundana. Eran frecuentes las celebraciones cercanas a la Navidad, donde se representaban comedias de carácter religioso, alternadas con entreactos donde se cantaban canciones populares. Famosas también eran las fiestas en honor de la Virgen María, por los cánticos, himnos y coplas entonados. En estas fiestas participaban indios, negros, mestizos y blancos, cada uno aportando un poco de su propia cultura musical. El teatro estuvo estrechamente ligado a la música y al baile. En general, las representaciones comenzaban con un tono que cantaban los músicos, al son de sus instrumentos: guitarras, vihuelas y arpa; seguía una loa al intento de la fiesta, después de la primera jornada; un entremés, una segunda jornada, en pos de ella el baile y, luego, la tercera jornada.

El Siglo XVIII.

En esta época se restauró el coro de la Catedral de Santiago, que fue complementado con una importante orquesta. En Concepción se dispuso un coro de niños para las funciones litúrgicas.

Las autoridades civiles y eclesiásticas rivalizaron por dar la mayor suntuosidad posible a las celebraciones, que contaron con gran despliegue de aparato musical. En 1748, en las fiestas en honor a Fernando VI, que había jurado en España, hubo cajas, clarines, instrumentos bélicos, músicos, desfiles con coros e instrumentos y canciones compuestas especialmente para la ocasión. Lo mismo se despedía a presidentes y se recibía a otros con alegres festividades musicales, como se realizaban ceremonias religiosas, lutos por soberanos, etc. Las procesiones irían en aumento durante el siglo XVIII. Amenizadas con las danzas y bailes de las Cofradías, daban origen a banquetes que terminaban en duelos y pendencias. Aumentó también en esta época el número de Cofradías.

Hacia 1780 había en Santiago dos compañías de bailarines formadas por mulatos, una denominada "bailarines del río" y la otra "bailarines de la Cañada". Vivían y actuaban en perpetua competencia, que a veces degeneraba en pugilatos; bailaban en las procesiones y especialmente en las de Corpus Chirsti, vestidos de turcos y al son de un violín que rascaba un negro, al que se pagaban ocho reales por su trabajo.

Antonio Aranaz, empresario y músico, llegó a Chile desde Cádiz. Fue él quien popularizó en el país el género de la tonadilla. Los momentos más importantes de manifestación musical durante este período fueron las tertulias: reuniones sociales donde se daba lugar fundamental a la música, el canto y la danza. Estos conciertos adquirieron particular relieve hacia 1770 en la mansión del primer Marqués de Casa Real, don Francisco García Huidobro. Los instrumentos más utilizados en estas reuniones eran el clavicordio y el salterio, introducidos hacia 1765. Hacia finales de siglo se agregó el piano. Entrado el siglo XIX, doña María Luisa Esterripa, esposa del presidente Luis Muñoz de Guzmán, mantuvo en palacio una de las más importantes tertulias chilenas. Introdujo en la sociedad santiaguina muchas costumbres de buen tono, el cultivo social de la música y la afición al teatro.

El Siglo XIX.

El paso de la Colonia a la República significó, además de cambios y acontecimientos violentos, definitivos y trascendentes, el nacimiento de una conciencia propiamente chilena. Sin embargo, el acontecer musical, que anteriormente sólo había contado con balbuceos menores, mal podía producir un paralelo en el proceso simultáneo de cambios históricos, con un sentido de transformación y evolución. Aún así, puede afirmarse que, si bien el reflejo del acontecer histórico en lo musical no fue violento ni rápido, fue detectable y muy intenso .

Durante la Patria Vieja (1810-1814) aparecieron dos trozos, sin autor conocido, escritos sólo para voces, de una factura sencilla: el primero se titula Himno del Instituto Nacional, y se estrenó en la inauguración de este plantel educacional; el otro es el Himno a la Victoria de Yerbas Buenas.

El Ejército de los Andes, con el triunfo de Chacabuco en 1819, fue un fecundo motivador de acontecimientos musicales, incluso en el plano folklórico, con aportes de canciones y danzas de Argentina (Cielito, Sajuriana, Pericón, etc.). También en un plano diverso y vecino a la música -ya no folklórica sino popular- sirvió a la comunidad a través de ejecuciones instrumentales de sus bandas militares, contribuyendo a la formación de otras, al adiestramiento de músicos, al brillo de actos públicos, etc. Además, es la época en que actúan en el escenario histórico de Chile personajes de gran afición musical. Es el caso del mismo O'Higgins, buen admirador de la música de calidad y discreto ejecutante del piano. Lo fueron igualmente los hermanos José Miguel y Juan José Carrera, en otros instrumentos.

En 1820 se estrena un primer Himno Nacional, compuesto por el músico Manuel Robles, que fue cantado hasta 1828, año en el cual fue desplazado oficialmente por el del maestro español Ramón Carnicer. En estos momentos se baila el minueto, el rin y, sobre todo, las contradanzas. Luego viene el período de intensa inmigración de excelentes músicos desde el extranjero, como es el caso de Francisco Guzmán, que habría de ser el tronco de una familia dedicada a la música, con su nieto Federico Guzmán Frías como miembro más distinguido. En 1823 llega a Chile Isidora Zegers, figura musical muy importante en el país, considerada como precursora del movimiento cultural chileno. Fue compositora y destacada cantante; tocaba el piano, el arpa y la guitarra. A raíz del terremoto que asoló Talca y Concepción el 20 de febrero de 1835, organizó veladas musicales a beneficio de los damnificados. Fue el origen de los conciertos en Chile. Sin embargo, casi la totalidad de los personajes que hacían labores musicales no eran chilenos, con la sola excepción de José Zapiola. Por ese tiempo también llega a Chile un importante personaje: la zamacueca o cueca, música y baile típicos chilenos.

En 1826 se funda la Sociedad Filarmónica, organismo que contribuyó en gran medida al conocimiento y práctica de la música, y que fue el primer paso para la fundación de varias otras sociedades posteriormente.

La ópera italiana irrumpió en el país por aquel entonces; se convirtió rápidamente en representante de la música y llegó a dominar el ambiente. En 1830 aparecen realizadas las primeras representaciones de ópera en Chile, aunque muchas en forma de fragmentos. Los cantantes eran italianos y las obras ejecutadas eran de Rossini. En 1844, tras haber obtenido grandes éxitos en Lima, se presentó en Santiago una ópera de Bellini: Romeo y Julieta. Con posterioridad tuvieron lugar otras temporadas líricas, especialmente en Santiago, pero también en Copiapó y Valparaíso. Fue en el año 1895 cuando se estrenó la primera ópera chilena, La florista del Lugano, del maestro Eleodoro Ortiz de Zárate.

Uno de los sucesos más significativos fue la fundación del Conservatorio Nacional de Música de Santiago. También existió una Escuela de Música y una Academia Superior. En 1852 comienza la publicación del Semanario Musical, primera revista en Chile dedicada exclusivamente a la música, de la que sólo llegaron a difundirse dieciséis números. El Teatro de la República en Santiago, donde se habían llevado a cabo muchos espectáculos, cedió su puesto al primer Teatro Municipal, cuya inauguración se realizó en 1857 con la ópera Hernani, de Verdi.

Respecto a las composiciones, cabe destacar que, no existiendo aún una concepción de profesionalismo en el ámbito musical, todos aquellos chilenos que elaboraron por aquel entonces alguna pieza de música eran de formación autodidacta, y sus composiciones no sobrepasaron el modesto nivel de la música de baile, de la pequeña canción y, en el mejor de los casos, del himno patriótico, militar o religioso; otros se dedicaron a la transcripción: arreglo o variación sobre temas pertenecientes, por lo general, a óperas francesas o italianas.

La música de fin de siglo contó con algunos personajes que hicieron grandes aportaciones; entre ellos cabe destacar a José Miguel Besoain y Luis Arrieta Cañas. Este último mantuvo un conjunto y un centro de gran difusión de la música en su casa de Peñalolén.

En 1888 aparece un organismo muy especial, fundado por el italiano Carlos Zorzi, la denominada Estudiantina. Con este nombre surgieron varios otros grupos instrumentales que practicaban la música popular.

El Siglo XX.

Es éste un siglo convulsionado por la rápida evolución científica, un acelerado desarrollo tecnológico, el auge de las comunicaciones, las nuevas clases sociales que acceden a participar del terreno político, económico y social, etc. Chile se ha incorporado definitivamente al concierto internacional de naciones que poseen vida musical propia. Sin embargo, el intento por realizar una labor con identidad ha significado un largo y penoso trayecto, con medios precarios y en constante enfrentamiento con estilos musicales importados.

La Sociedad de Música Clásica, fundada en 1879, fue la primera organización privada que se dio a la tarea de difundir la música clásica y dar a conocer las obras modernas de este tipo por medio de conciertos. En 1880 ofreció diecisiete conciertos, pero serias dificultades económicas obligaron a cerrarla en 1891. Don José Miguel Besoain fue su secretario y uno de los grandes impulsores de la nueva música en Chile. En su casa mantuvo una importante tertulia musical, y guardó una estadística minuciosa de las composiciones ejecutadas, así como de quiénes las ejecutaban, de los asistentes y de la opinión que en cada concierto se formó la concurrencia acerca de las obras presentadas. Su archivo de partituras fue donado a la Biblioteca Nacional, donde se han catalogado 457 composiciones para conjuntos de cámara: obras originales o arreglos de autores clásicos y románticos.

La Academia Musical Beethoven era una orquesta integrada por un núcleo de aficionados que, bajo la dirección de Eleodoro Ortiz de Zárate, estudiaban obras del repertorio sinfónico. Posteriormente, un grupo de jóvenes músicos, entre los que destacan Eduardo y Alberto García Guerrero, Alfonso Leng y Carlos Lavín, formaron la Academia Ortiz de Zárate. La Sociedad Cuarteto fue fundada por un grupo de profesores que dejaron huella en la vida musical chilena: Alberto Ceradelli, Juan Gervino, Germán Decker y Arturo Hügel. Su funcionamiento fue detenido en 1890 por dificultades económicas. En 1912 se fundó la Sociedad Orquestal de Chile.

A partir de 1920, el panorama musical varía con gran rapidez. Su saber pasó a ser indispensable para toda persona cultivada. Nació una agrupación de intelectuales denominada Los Diez, integrada por poetas, novelistas, pintores y compositores. Fue éste el primer núcleo de avanzada de la cultura chilena. La Sociedad Bach, fundada posteriormente, fue la continuadora en el aspecto musical de los principios de Los Diez, una vez que este organismo se había disuelto. Este pequeño coro universitario fue fundado por un grupo de jóvenes encabezados por Domingo Santa Cruz Wilson. En 1924 se transformó en una organización pública cuyas finalidades eran fiscalizar el movimiento musical chileno y auspiciar la formación de un cuarteto, una orquesta y una revista musical. Esta sociedad logró encauzar y organizar la música en los cuatro campos en que se desenvolvía: ópera, enseñanza, conciertos y producción. Fundó un Conservatorio Bach, donde prevalecían las nuevas ideas, métodos y programas como alternativa a la anticuada enseñanza del Conservatorio Nacional, y consiguió que en 1928 se reformara este último, por disposición del entonces Ministro de Educación, Eduardo Barrios. Como Director de esta institución, fue nombrado el activo compositor y director de orquesta Armando Carvajal. La Sociedad dio origen al movimiento coral chileno, a la renovación de la enseñanza musical y a la creación de instituciones permanentes dedicadas al quehacer musical, así como a la profusa existencia de intérpretes, compositores, maestros e investigadores.

Con la creación de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile, en 1929, el arte alcanzó un gran desarrollo y consolidación. Esta Universidad pasó a ejercer la tutoría de la música y las artes plásticas en el país. Se organizó la biblioteca y discoteca del Conservatorio, se abrió un concurso de composición para músicos chilenos y se propició la edición de algunas de sus obras. También se llevó a cabo de forma sistemática la radiodifusión musical y se dio auge a los conciertos.

En 1940 se creó el Instituto de Extensión Musical, que debía atender a la formación y mantenimiento de una Orquesta Sinfónica, un Coro y un Cuerpo de Baile, proveer de los elementos necesarios para dar permanentemente espectáculos musicales, estimular la creación de obras chilenas y fomentar las iniciativas musicales del país. Entre los músicos más destacados de esta etapa destacan la pianista Rosita Renard, que en 1908, al término de sus estudios en el Conservatorio Nacional de Música y Declamación, realizó una presentación ejecutando el Concierto en La Menor de Grieg, acompañada por la Orquesta dirigida por Celerino Pereira, entonces Director del Conservatorio Nacional; el pianista Claudio Arrau, uno de los genios en su arte, que ejecutó el Concierto de Hummel con una orquesta en su primer recital público, en Chillán en 1908, y fue protagonista de una película: Sueño de amor, de José Bohr, que narraba la vida de Liszt; recibió en 1947 el Premio Nacional de Arte, en 1948 la Legión de Honor francesa y, cuando regresó a Chile en 1984 para ofrecer cuatro recitales, fue nombrado miembro de la Academia Chilena de Bellas Artes; Arnaldo Tapia Caballero, músico precoz que obtuvo su título de profesor de piano a los 14 años de edad, fue nombrado profesor en el Conservatorio Nacional a los 18 años y vivió varios años en Europa, donde formó conjuntos para interpretar música de cámara; y Pedro D'Andurain, violinista y gran concertista, muerto prematuramente en 1974, a los 47 años de edad, discípulo de Olga Chassin y Enrique Kleinmann, cuyo primer violín fue fabricado por su padre -Cónsul de Francia en Osorno y dueño de una fábrica de jarabes y licores- con una caja de cigarros habanos.

En el año 1960, la vida musical chilena fue remecida por la visita de Igor Stravinsky, quien llegó invitado por la Universidad de Chile a ofrecer un concierto dirigiendo la Orquesta Sinfónica. Desde entonces, Chile ha sido reconocido en el ámbito de la música clásica por un pianista de extraordinario talento, Roberto Bravo, quien ha ofrecido numerosos recitales tanto en el extranjero como a lo largo de todo el país.

Música folklórica popular.

A la formación de la música tradicional chilena han contribuido elementos populares españoles y, secundariamente, franceses e ingleses. Con menor intensidad se pueden agregar aportes alemanes desde mediados del siglo pasado. Escasa influencia han tenido en esta formación el elemento indígena aborigen y el que trajeron los esclavos negros. Entre las características esenciales de esta expresión musical en la zona central, se puede citar la importancia que en ella desempeñan las danzas, algunas de las cuales se encuentran en todo el territorio, como es el caso de la cueca, y la vigencia del verso o canto a lo poeta, de la tonada y el corrido mexicano. Hay diversidad de instrumentos musicales que sirven para acompañar canciones y danzas; se conservan algunos de gran antigüedad, tales como el guitarrón y el rabel. La guitarra es, sin duda, el instrumento más importante en Chile en este ámbito. Aparte de ésta, los instrumentos folklóricos de mayor uso en la zona central del país son el arpa, el piano, el acordeón, el tormento y pandero. También se usan los pitos o flautas de un sonido, así como el bombo y las sonajas, asociados a la función religiosa. La cacharaina -quijada de equino seca, cuya dentadura movible se hace sonar, ya sea golpeándola o raspándola con un palo- y el charango -rústica tabla de madera con cuerdas de alambre tensadas por medio de botellas de vidrio, que se frotan con un alambre enrollado en la mano- son también instrumentos característicos. A ellos hay que agregar algunos instrumentos prácticamente extinguidos, como la bandurria, la bandola, la mandolina, la cítara y la vihuela.

En cuanto a la trayectoria de la música popular, es tan larga como desconocida. Aún así, hay algunos nombres que resuenan en dicha trayectoria. A primeros de siglo dominaban el vals, las marchas, las mazurcas, las habaneras, las redowas y otros ritmos, a los que se agregaban canciones, tonadas y zamacuecas inspiradas en el folklore chileno. Se pueden mencionar algunos nombres: Antonio Alba, autor de la colección de Cantares del pueblo chileno, que incluía obras como Río... río, El tortillero, El suspiro y muchas otras; Elías Chacón Barahona, que compuso una polca para la inauguración de los primeros tranvías eléctricos entre las calles San Pablo y Rosas, en Santiago; E. J. Hermosilla, autor del vals Brisas del Malleco; Rodolfo Lucero Villegas, autor de un nutrido repertorio de valses y de la célebre cuadrilla Risueñas ilusiones; Manuel Antonio Orrego, que compuso la zamacueca Arpista chilena y un gran vals dedicado a Benjamín Vicuña Mackenna, El voto Libre; y Delfina Pérez, autora de la redowa La noche.

Los pioneros en la utilización del disco de 78 r.p.m. fueron los integrantes del Cuarteto Criollo Chileno, que después pasarían a llamarse Los cuatro huasos. La fuerte influencia que ejercieron se proyectó en la formación de muchos otros similares, como Los huasos quincheros, Los huasos del Algarrobal y Los de Ramón.

El repertorio de los años 20 fue puesto de moda por los compositores chilenos populares, quienes escribieron en los ritmos de shimmy, corrido, fox-trot, tango, one-step, boston, ragtime y otros, además de los consabidos valses, canciones y danzas basadas en el folklore criollo. Algunos de estos compositores son: Luis Armando Carrera González, autor de los conocidos Antofagasta, Café Express, Alaska, Una muchacha del pueblo, etc; Nicanor Molinare Rencoret, que compuso más de un centenar de obras, entre las que destacan Chiu-Chiu, Mantelito blanco, Galopa galopa, La copucha, etc.; y Osmán Pérez Freire, que fue también un prolífico autor de variado repertorio, cuyas obras fueron publicadas tanto en Chile como en el extranjero. De él merecen ser destacadas Ay, ay, ay, Maldito tango, El delantal de la china y ¡Partí!, entre otras.

Los compositores populares destacados después de los años 30 son Luis Aguirre Pinto, autor de boleros, tangos, cumbias y música para revistas o inspiarada en el folklore; Vicente Bianchi Alarcón, cuyas Tonadas de Manuel Rodríguez han alcanzado gran popularidad; Enrique Campos Campos que, bajo el seudónimo de Chilote Campos, ha compuesto numerosas obras basadas en el folklore; Vittorio Cintolessi Ruz, autor de canciones y música rock; Francisco Flores del Campo, quien ha compuesto alrededor de 350 obras, entre las que destacan sus canciones Mi caballo blanco, Qué bonita va y otras; José Goles Radnic, de nutrido y variado repertorio; Víctor Jara, uno de los más importantes compositores de música folklórica y popular de los últimos tiempos en Chile, que fue también director teatral, escribió canciones de fuerte contenido político y se convirtió en un símbolo que trasciende las fronteras del país; Margot Loyola Palacios, que une a su labor de intérprete la creación de música basada en el folklore, y que ha hecho una labor de recopilación y rescate de las expresiones musicales del pueblo chileno a lo largo de todo el país; Violeta Parra, importantísima figura del arte popular chileno, poeta, compositora, recopiladora, tejedora, etc., cuya obra ha trascendido las fronteras patrias y que escribió canciones que han quedado en la memoria del pueblo como un símbolo nacional, como Gracias a la vida, Volver a los diecisiete, Rin del angelito, Run-run se fue pal' Norte, etc.; Margaret Scott Villalta, más conocida como Scottie Scott, autora de música rock, boleros y baladas; Clara Solovera Cortés, con más de cuatrocientas composiciones, tales como Mata de arrayán florido, Manta de tres colores y Te juiste... pa' ronde; Luis Téllez Viera, autor de cuecas "chileneras" como El santo papa de Roma y No hay como el roto chileno; Antonio Zabaleta Avellán, con música rock y algunas baladas; y Julio Zegers de Landa, autor de canciones y baladas como Canción a Magdalena o Los pasajeros.

Intérpretes de canciones populares hay muchos, pero algunos se han hecho más famosos que otros, como Ginette Acevedo, Lucho Gatica, Gloria Simonetti, etc. Sin embargo, y fundamentalmente en los últimos años, se conocen intérpretes y algunos cantautores que, con una calidad mediana y a veces mediocre, se popularizan un tiempo y rápidamente decaen, como suele suceder en el ámbito de la música popular, en la cual el factor comercial es tal vez más importante que la producción artística. En un sentido tal vez más folklórico, destacan conjuntos de música que se han conocido internacionalmente. Ellos rescatan las expresiones de los pueblos de la zona norte chilena y de Perú y Bolivia, pero también de la zona central y más al sur. En algunos de ellos se observa un claro contenido político. Es el caso de grupos como Inti-Illimani, Quilapayún, Illapu, etc. En la actualidad se conocen también los trabajos de extraordinarios payadores chilenos, como Pedro Yáñez, José Santos Rubio, o compositores que rescatan las melodías tradicionales de su país para constituir su obra, como Jorge Yáñez, Tito Fernández, Patricio Manns, Isabel Parra, Ángel Parra o Charo Cofré.

Han hecho interesantes trabajos los grupos de jóvenes que incorporan en sus contenidos y en sus ritmos una gran variedad de temas, estilos, tendencias, etc. Con sus instrumentos, generalmente eléctricos, interpretan canciones que pertenecen al folklore chileno, sin variar la letra pero adecuando la música a su estilo rock o integrando su propio sello musical. Muchas corrientes hay en este sentido: punk (véase punk), rap (véase rap), hip-hop (véase música hip-hop), heavy metal (véase música heavy metal), pop (véase música pop), etc. Algunos de ellos son: Los tres, La ley, Los Prisioneros, Los miserables, Los panteras negras, La Pozze Latina, Santo Barrio, etc.

Enlaces a internet

http://members.tripod.com/~asela/; Música rock chilena.

Bibliografía.

  • MONTECINO, S.: Entre músicos y pintores, Editorial Amadeus, 1985.

  • CLARO VALDÉS, S.: Oyendo a Chile, Editorial Andrés Bello, 1979.

Autor

  • Andrea VieraRené Salinas Meza